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El güero vago. Raúl Contreras Álvarez

Destacamos por su calidad un trabajo del alumno Raúl Contreras Álvarez (Guadalajara, México). Le solicitamos una presentación de personajes. Los requisitos: energía, acción, definir al personaje en movimiento, mediante la interacción. Y lo ha conseguido. Juzguen por sí mismos…

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―¡A chingar a su madre! ―dijo el Güero, retirando con un aventón, al niño que estaba a punto de insertar una ficha en la maquinita del Street Fighter―. Si ya saben que este videojuego es mío, y que siempre llego a esta hora, ¡¿por qué cabrones se ponen a jugarlo?! ―gritó abriendo grande los ojos y moviendo la cabeza de un lado a otro para que todos lo escucharan.

Los tres niños ahí presentes, más la dueña del local de maquinitas, guardaron silencio ante el cuestionamiento del Güero.

De la bolsa del uniforme del colegio,  institución que odiaba porque había reprobado en dos ocasiones el último grado, el Güero sacó una de las fichas que había ganado, la tarde anterior, a uno de sus contrincantes, la introdujo en la máquina y jugó hasta vencer a todos los contrincantes que el Street Fighter le ofreció.

―Ahora sí, ya terminé de calentar —dijo el Güero lanzando uno sonrisa burlona a la dueña del local, a la que no le molestaba que nunca la comprara alguna ficha, porque sabía que, a lo largo de la tarde, el muchacho despachaba, previa apuesta de decenas de fichas de por medio, a cuanto rival se atrevía a retarlo, lo que se traducía en importantes ganancias para ella.

―Güerito, ahorita vengo, te dejo encargado el negocio. Voy a ir a la tienda. ¿Quieres encargar algo? ―dijo la dueña del local de maquinitas.

―Sí, tráigame una Pepsi y una bolsa de papas fritas. Yo le cuido el negocio ―respondió el Güero.

En cuanto la dueña del local se retiró, el Güero se enfocó en su próxima víctima, en el niño más pequeño que estaba en el establecimiento. Se acercó hasta donde estaba el pequeño, lo agarró de la mano, lo llevó a la parte del local a donde no llegaba la luz, se la torció.

―Dame todo el dinero que traes ―exigió el Güero al niño.

―¡Suéltame, me estás lastimando! ―exclamó el niño al borde del llanto.

―Dame el dinero y te suelto ―dijo el Güero.

―No traigo, me lo gasté en las fichas que compré —dijo el niño mientras soportaba el dolor que el Güero le causaba.

―A mí no me engañas, tú siempre traes dinero de sobra ―dijo el Güero retorciendo aún más la mano del niño.

―!Ya, pues, suéltame! ―suplicó el niño extrayendo, con la mano que tenía libre, un billete del interior de uno de sus bolsillos.

—Pinche chillo mentiroso, ¿no que no traías dinero? ¡Sáquese de aquí! ―dijo el Güero dándole una patada al niño y quedándose con el billete.

—Güerito, aquí está lo que encargaste —dijo la dueña del local, cuando, diez minutos después, regresó al negocio.

Tras pagarle a la dueña del local, con el billete hurtado, lo que le había encargado de la tienda, el Güero ingirió un puñado de papas fritas y bebió media Pepsi. Se situó frente a la máquina del Street Fighter, eructó en la cara de un chico que recién había llegado al local y que se encontraba utilizando la maquinita.

El Güero tomó una ficha y la depositó en el juego de video retando a su adversario. Antes de elegir  a M Bison, personaje con el que enfrentaría la contienda, sacó de su mochila un cigarro y se lo colocó en la oreja derecha. Vio a su oponente directamente a los ojos y, con el dedo pulgar de la mano derecha, simuló cortarse la garganta.

La batalla entre M Bison y Ryu ―personaje con el que jugaba el adversario del Güero—, dio inicio. Patadas, golpes de rodilla, tornillos voladores, hadoukens, aparecieron en la pantalla. El contrincante del Güero, en esta ocasión, pues ya se habían enfrentado antes, fue superior en el primer round. El Güero, muy apenas, consiguió ganar el segundo. Todo se decidiría en el tercer asalto.

El resto de los clientes, que estaban en el local, abandonaron las maquinitas en las que jugaban, para presenciar lo que, parecía, sería la primera vez en que el Güero ocuparía el lugar de los vencidos. El Güero sudaba, movía la palanca de control con destreza, mas no era suficiente para ganarle a su enemigo. Las líneas de energía, que marcaban la vida que les quedaba a los personajes del Street Fighter, estaban por llegar, en ambos contendientes, a su final. La dueña del local, incrédula por lo que le sucedía al Güero, presenciaba desde su asiento la contienda. De pronto, el Güero se sintió perdido, se puso pálido. Su contrincante percibió que el triunfo se encontraba cerca, olió el aroma de la gloria, pero jamás esperó que, el Güero, le diera un puñetazo en la mano, provocando que soltara el control, haciéndolo perder.

—¡Este juego es mío, que les quede claro! —gritó el Güero, levantando los brazos, en señal de victoria.     

Raúl Contreras Álvarez

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