Creatividad · Escritura · La realidad como escuela · Trabajos de alumnos

Ojos profundos, latitudes caribeñas. Pedro P. González

Destacamos por su valor literario un trabajo de nuestro alumno Pedro P. González (Madrid). En Horno de Letras partimos de que la realidad es la escuela de la Literatura. Pedro se ha limitado a observar e intuir, sin separarse de su rutina diaria. Este es el brillante resultado.

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Los ojos profundos y negros ocultan otro mar oscuro de tristeza. Miradas que tocan notas de un fado melancólico y lejano. Se traga húmedas gotas de nostalgia cada vez que la lengua hidrata los labios. El La menor de una amarga existencia alimentada por la distancia.

El rictus sigue imperturbable, dientes apretados y mandíbula marcada. Se intuyen los pómulos bajo la piel firme. Tensión en el mentón y la mirada perdida. Tiene a algunos clientes esperando tras la barra, pero se pierde en la espesura, en la selva salvaje de sus tareas pendientes. Mastica pensamientos al mismo ritmo trepidante con el que mentalmente practica malabares. Lanza al aire horarios y obligaciones como cuchillas de faquir. Con las muelas, machaca las preocupaciones, con los incisivos arranca problemas de raíz y muestra los colmillos a quien quiera interponerse en su camino. Los parroquianos siguen esperando. No es momento de pensar, ni de quedarse quieta. No es el momento ni el lugar. Hay que arrancar la maquinaria. Hay que apagar el motor de casa y encender el del trabajo. Hay que dejar a un lado los desayunos y la ropa del colegio, las trenzas y el aseo matutino. El paseo agitado hasta la guardería y el camino de vuelta al autobús. Deja a un lado lo que de verdad le importa para ponerse ágilmente a los mandos del tiracañas y los pinchos de tortilla. Manos rápidas y pasos enérgicos. Prepara tazas de café y sirve tostadas pensando que siempre será la última. Le gustaría no volver a servir a nadie. Nadie. Nunca. No es la primera vez que se aleja de donde nunca debió irse. Abandonó la música cálida y el roce de los cuerpos para navegar en la soledad de un blues, donde apenas te dirigen si quiera unas miradas y la oscuridad aplaca día a día la esperanza de volver.

La piel morena me trasporta a latitudes caribeñas. El rizo del pelo, pequeño y negro, delata su origen tropical. No así sus facciones, cinceladas sin delicadeza, robustas y angulosas como las escarpadas escaleras de Kukulkán. Cara ancha de ojos que quisieron ser siameses, como amantes que siguen de la mano separados por la nariz chata. La goma fucsia que amarra la coleta, pone la nota de color. Probablemente la tomó prestada, o por equivocación, a su hija en el fragor de la batalla que asola cada amanecer. Una simple goma fucsia que deja entrever su verdadera identidad. Alegre y viva, rodeada de amigos, cálida y rosada bajo el sobrio traje negro de camisa impecablemente planchada. No hay ni una sola arruga, tensa y lisa como toda su piel. Espalda ancha y caderas de venus. Brazos y piernas firmes, robustas, columnas sobre las que alzarse como la valiente amazona que demuestra ser cada mañana y cada noche al cierre. Las manos ásperas buscarán ese lugar suave, entre los callos, para dar la caricia de buenas noches a su hija antes de caer derrotada viendo cualquier bobada en Netflix. Durezas y piel de lija forjada al calor de los cuchillos, del agua hirviendo y las pesadas cajas de refrescos. Las lumbares gritan cada vez que arrastra un barril de cerveza y la boca cruje cada vez que se traga la contestación que un transportista trasnochado se merecería.

Parece joven, aunque con el rostro castigado por el tiempo y los disgustos. Si pasa de la treintena, es que no lleva tan mal los años. Los pensamientos pesan como una losa de mármol. Y cada día pesan más. La angustia se oculta bajo una silente mueca mientras juguetea con el móvil a ratos muertos. Un Whatsapp que viaja con jet lag, un match de Tinder que le arranca una extraña sonrisa o un video de perritos en Facebook. Se ve asaltada por el bufido de la cafetera y se ve obligada a arquear los labios de forma agradable. De nuevo el rictus. Los engranajes vuelven a arrancar. Cada día tiene más claro que pertenece ya más aquí que allí. A sorbos agridulces ha descubierto las virtudes y los defectos de este país, que la trata como extraña, aunque nos sirva la mesa a diario y sea la madre o la novia que a muchos les gustaría tener. Vive Rodeada de caras conocidas y de voces conocidas, de propinas pobres y desprecios en forma de servilleta sucia de papel en el suelo. Se encuentra sola y solo quiere volver a casa. Un “hasta mañana chicos” de sus labios es lo más que le conseguí robar.

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