Creatividad · Escritura · Relato · Trabajos de alumnos

Esperanza. Pedro P. González

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Solicitamos a nuestro alumno Pedro P. González la escritura de un relato navideño o algo parecido durante estos días de fiesta. El resultado está a tu disposición. Total libertad de técnica y temas a tratar. Únicas normas: piensa en alguien que trata de ayudar a los demás sin que estos sean conscientes de que reciben esa ayuda… Si es o no un relato navideño, lo puedes discutir tú en los comentarios…

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Ya estaba tardando en llegar. Abrí el buzón y encontré el maldito sobre. Este año se había retrasado. Albergaba todavía el anhelo tonto de que no llegara esta vez. Tenía la indecente ilusión de sentirme libre por fin. Desdoblé la nota escrita a máquina en papel rugoso reciclado: Una estación de metro y un código numérico.

―<<Esperanza. 44126>> ―leí sin mover los labios―. Esperanza. Vaya unos cachondos ―dije, esta vez en voz alta, riéndome en un suspiro de mi propia desgracia.

Noviembre era mi mes de condena, pero las náuseas empezaban mucho antes. El estómago me daba un vuelco en agosto, cuando veía en las administraciones de lotería los primeros anuncios del gordo de Navidad. Me estremecía rodeado de turistas de interior. Pensaba en lo desafortunado que era y reptaba entre buscadores de oro y zahoríes de la suerte bajo el Sol de las costas enfermas de masificación crónica.

El verano se ahogaba ya en las aburridas lluvias de septiembre, y el calor se marchaba a invernar, tapándose con las primeras hojas marrones del otoño. En los primeros días de octubre, llegaban al buzón de una casa sin niños los catálogos de juguetes más madrugadores. Viajaban directos a la basura junto a una arcada de asco. Hacia mediados del mismo mes, las estanterías del supermercado caían rendidas al guirlache. Aparecían, casi como de la nada, obscenas mesas de exposición a punto de reventar con los primeros polvorones del año.

El nudo en el estómago volvía y me apretaba. Un imaginario cinturón se escurría, se deslizaba bajo la hebilla buscando un agujero más allá del que mis tripas herniadas son capaces de aguantar. Toda ilusión y toda esperanza de vivir se estrangularon en un desamparado y frío abrazo al abrir el maldito sobre.

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Llevaba ya muchos años acudiendo a mi cita de noviembre. Llegué a pensar que demasiados, más de los que me merecía. Seguro. Muchos más de a los que cualquier jurado popular me habría condenado.

Las reglas eran fáciles, tan sencillas como tediosas. Tomar el último metro y apuñalar de noche las entrañas de Madrid. Bajar en la estación acordada, acceder al cuarto de mantenimiento con la clave y empezar a trabajar. Un par de meses de trabajo para purificar los pecados cometidos y los que me quedaban por cometer. Todo un año para recuperarme después de un malestar terrible. La peor resaca de garrafón en la vida de cualquiera.

Una vez condenado de por vida, uno ya no espera salvarse. Seguir pecando o no, se convierte en un ejercicio anecdótico, casi automático; morir, matar, desayunar cereales con azúcar o una sana y aburrida pera. Trivialidades en la vida de un malnacido con la marca de la auténtica desgracia.

Me lavé la cara y miré al tipo pasmado del espejo. Cara anodina de tonto cotidiano. Barba negra cerrada y ojos cansados atragantando a los pómulos. Un corazón arrítmico angustiado por lidiar otro año más con esta misión de mierda.

El reloj apremiaba y corrí a la estación de metro más cercana. Esta vez tuve suerte con el recorrido. Media hora y un solo transbordo. Poco tiempo para deleitarme con las caras aburridas y cansadas de quienes viajan en los últimos trenes del día. Miré a todas esas personas, sin disimulo, y las envidié, no por lo que tenían, si no por lo que ya habían perdido. Envidié cómo podían seguir adelante sin quedarse anclados en un trauma recurrente, flotando perdidos de un mar de antidepresivos. Envidié que no tuvieran que cargar con el estigma anual que me obligaba a salir cada noviembre. De manera cruel y malsana, envidié su fortaleza y el brillo en la mirada de una vida cargada de tragedias. Para mí, cualquier pérdida, siempre fue premeditada o merecida, pero nunca inesperada, como sí lo reflejaban esos ojos de besugo inyectados en cansancio. Los volvería a ver día tras día hasta el fin de mi condena.

Llegué a Esperanza naufragando en pensamientos lentos y toscos. Disimulando torpemente, accedí al cuartucho de mantenimiento. 4-4-1-2-6. Allí estaban dispuestas mis herramientas, una hoja de ruta especialmente diseñada para mí y un nuevo nombre de guerra bordado en un mono de barrendero. Daba igual.

Me cargué a la espalda el aspirador y abrí la trampilla bajo mis pies. Descendí con cuidado la escalera de finos peldaños metálicos. Las náuseas, viejas conocidas, volvían mientras bajaba a las profundidades de la ciudad y me preguntaba cuántos más como yo estaríamos ahora rondando en estos oscuros pasillos.

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La zona de descarga era esta vez una de las recurrentes, una osera abandonada en la antigua casa de fieras en el parque del Retiro. Me quedaba aún un largo camino y una noche entera de trabajo por delante. Pasar bajo el tanatorio de la M-30 era un verdadero suplicio. A esa altura y con más de media ruta por recorrer, ya llevaba el depósito casi lleno, pesando quintales de mala vibra. La Guindalera y Ventas, la calle Ayala hasta llegar donde los collares de perlas adornan los cuellos de gallinas viejas.

Sobreviví a la primera noche y emergí en el foso de los monos en El Retiro. Sería por mi propia sugestión, pero en la osera seguía oliendo a mierda y a cerrado. A animal muerto. Había olvidado el olor rancio y podrido de las estaciones de descarga.

Accioné la escotilla y enchufé el aspirador para iniciar el vaciado. Esa era la peor parte. Tenía que estar presente mientras toda esa masa negra y viscosa fluía

y taladraba mi cerebro: Discusiones por herencias, desengaños amorosos, habladurías a espaldas de suegras y cuñados, mentiras, enfados tontos, llantos de niños caprichosos y quejas de abuelos malintencionados. Todo un catálogo de malos sentimientos y peores ideas que había que limpiar antes de la nochebuena. Algunas manchas se van para siempre de una sola pasada. En otros casos, acaban las fiestas y se quedan ahí, latentes pero enquistadas hasta el año que viene. Mierda bajo la alfombra que me llevo cada día a casa cuando amanece.

La descarga finalizó, la cabeza me daba vueltas, vomité y volví hasta Esperanza, dando tumbos como en la peor de las borracheras.

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Llevaba ya quince días limpiando conciencias y malas auras en las sucias tripas de Madrid. Un supositorio de Dios. Algunas noches, daba un paseo extra y soltaba algo de esa mala hostia acumulada en el depósito cargado a mi espalda. Vertía el mal rollo en las cloacas de algún banco o en la sede de esos hijos de puta del Hogar Social. Esperaba que con suerte se hicieran un harakiri genocida antes del fin de mi turno.

Sin permiso ni autorización, una noche decidí cambiar mi ruta. Tampoco sabía a quién pedírselo, qué cojones. Estaba harto de atragantarme con los problemas de la jungla de oro entre Serrano y Goya. Demasiada mala uva para usar si quiera en un aguardiente que supiera a matarratas. Asqueado de discusiones relamidas como el flequillo de un votante del Partido Popular. Alteré el rumbo. Me alejé de mi designación torera, de plata, gualda y grana, de sangre inocente en la arena y de exclusividad en los escaparates.

Lejos de allí encontré problemas que tristemente era incapaz de limpiar: Desahucios, familias rotas y otras unidas que no llegan a fin de mes, muertes y violencia a diario. Entonces sí que supe lo que era el asco y la vergüenza. El corazón dio un triple mortal y se zambulló con nota de diez en una piscina negra de desesperanza.

Mientras trabajaba en mi zona, preparaba el escenario a familias perfectas, casi salidas de un catálogo de El Corte Inglés. Nunca reparé en que había personas sin mesa a la que sentarse o sin mantel en el que secar las lágrimas. Demasiado ocupado revolcándome en el barrizal de la autocompasión.

Con el sabor amargo en los labios y la hiel escalando la garganta, la encontré. Entre la penumbra, acongojada y llorosa. Frustrada. Trataba ella sola de limpiar lo imposible. Otro ángel, espíritu o pobre diabla condenada, no sabría muy bien ni cómo llamarnos. Era tan real como yo. Auténtica como el castigo que compartíamos. Muy grave tuvo que ser su crimen para acabar embarrada en semejante tortura.

La seguí en silencio, todo su turno. Oculto entre las sombras y silenciado por el eco de suaves llantos, hicimos toda la ruta, incluida su zona de descarga, más allá del velo más humilde de Pan Bendito. Fui lo suficientemente hábil para no ser descubierto y esperé a que se marchara en el primer metro, a su casa, con el corazón hecho migas de pan duro.

Recordé aquellos ojos de besugo del metro. Sentí de nuevo la envidia de quién es capaz de seguir adelante viviendo en el absoluto abandono, y desde aquel día, doblé el turno. Limpiaba mi zona, sin esmero ni dedicación alguna. Cuando ya amanecía y sabía que ella viajaba dando cabezadas amargas, entraba en su zona para seguir con el zafarrancho. Una tarea titánica que me consumía el cuerpo y abotargaba el alma. Me deshacía en pesadillas cuando intentaba dormir y en vómitos negros al despertar.

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Noviembre murió un día treinta de pena y asco. El año agonizaba y quedaba ya un solo día para nochebuena. Fue el último día de trabajo del año más horrible que era capaz de recordar. Mi zona, quedó limpia. Más de lo que se merecían esos putos egoístas. Lista para banquetes y regalos inútiles de gente que apenas se conoce viviendo bajo el mismo techo. La de ella, la nuestra, no. Los años de mierda acumulada, desamparo y olvido hicieron imposible limar algo más allá de la roña superficial. La gran bola de miseria engulló los buenos deseos.

Me marché a casa. Antes intenté verla, para presentarme, hablar de cualquier tontería y despedirme hasta el año que viene. No la encontré. De eso hace casi un año.

Los catálogos y los anuncios de juguetes han vuelto. La carta está tardando en llegar. Espero que no llegue nunca. Espero que la suya tampoco.

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