Creatividad · Descripción · La realidad como escuela · Trabajos de alumnos

Autobús voyeur. Raúl Contreras Álvarez

Solicitamos a nuestro alumno Raúl Contreras Álvarez un trabajo de observación partiendo de su experiencia cotidiana porque en Horno de Letras partimos de que la calle es la verdadera escuela de la Literatura. Este es el resultado.

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Hace años que no tomo el transporte público. En el pueblo en donde vivo acostumbramos caminar para ir al trabajo. Por eso regresé a este lugar que huele a neumático quemado, a aceite de motor, que, durante los años en la universidad, dos veces a la semana, era el punto de partida para regresar a la población de donde soy.

Son las ocho de la noche, todavía falta una hora para subir al autobús. Las cosas por aquí no han cambiado mucho, el tiempo ha pasado, solo han envejecido. Los sanitarios siguen siendo una porquería, los indigentes aún los utilizan para dormir. Las prostitutas desplazándose alrededor de la Antigua Central Camionera, los bares atestados de borrachos insolentes, yonquis tirados en el piso, la policía recibiendo sobornos para no aplicar la ley, son parte del ecosistema.

El camión que me llevará a casa, recién arribó al andén marcado con el número cuatro. Han pasado dos décadas y los vehículos con forma de salchicha continúan funcionando. Espero que no llueva, estos camiones se caracterizan por tener goteras en el techo; antes del anochecer observé el cielo y varias nubes negras amenazaban con soltar un aguacero.

Voy a dejar que las cosas fluyan, necesito toparme con ella. No la he visto desde que terminé la universidad. Los días miércoles y viernes sucedía nuestro encuentro. A pesar del sueño que me aguijonaba, evitaba quedarme dormido mientras el autobús abandonaba la estación y recorría las veinticinco cuadras que lo separan del centro comercial en donde hace una parada. Ahí, tras abrirse la puerta de la unidad, ella subía.

Nunca tuve el valor de acercármele, de entablar alguna conversación con ella. Me conformaba con verla entrar al autobús, seguirla discretamente con la mirada, observar cómo pagaba al chofer su boleto y ocupaba uno de los asientos ubicados en el tercio frontal del vehículo. No medía más de un metro con sesenta y cinco centímetros. El largo de su pelo color castaño nunca iba más allá de la línea horizontal formada por sus hombros, lo mantenía sujeto a su cabeza con una diadema. El uniforme de la tienda departamental, en la que trabajaba, era incapaz de restarle expresión al cuerpo que cubría. En tiempo de calor cargaba, con la misma mano con la que sujetaba el bolso, la chaqueta que portaba al interior del establecimiento, desabotonaba los dos botones superiores de su camisa blanca, ocasionando que la tela se posara sobre la convexidad de sus senos. El pantalón negro que vestía no requería ser sostenido por un cinturón, mas, en un acto de coquetería, utilizaba uno ligeramente flojo que simulaba ser una cadena de eslabones dorados, el cual descansaba sobre el inicio de la curvatura que formaba su trasero.

Ella no era feliz, su cara la delataba. Se le notaba cierto hastío. Estar al pendiente de su madre anciana le imposibilitaba iniciar una vida alejada de ella. Por las mañanas se dedicaba a limpiar la casa, a preparar la comida, bañarla; por la tarde, trabajaba; por las noches, no soñaba. Esa era su vida.

Compartíamos treinta minutos dentro del autobús, ella bajaba en la población localizada, a pie de carretera, al salir del anillo periférico de la ciudad. Recorría el estrecho pasillo central y, antes de descender del vehículo, volteaba hacia donde me encontraba haciéndome estremecer.  A mis veinte años una mujer de cuarenta me hacía palidecer.

El reloj marca quince minutos después de las nueve de la noche. El autobús ha recorrido las veinticinco cuadras que separan la estación de camiones del centro comercial. Estoy nervioso, espero que aparezca. Hemos llegada a la parada. El conductor activa la manivela que abre la puerta del camión.  Sube un señor y un adolescente, después ella. Veo cómo paga su boleto, cómo elige un asiento. Se ha cortado el pelo, ha renunciado a su melena. Los colores del uniforme de la tienda departamental son los mismos. Lleva puesta la chaqueta. Indiscretamente sitúo la mirada en su anatomía. Los años han pasado. Me ha descubierto, se le ve molesta, no me ha reconocido.

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