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Aquella tarada con la que no me podía enfadar. Pedro P. González

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En este trabajo de Autoficción solicitamos a Pedro P. González que mienta de verdad, con el corazón en la mano. Que combine recuerdos con invenciones hasta hacer que unos y otros resulten indiscernibles, inseparables en el relato…

*****

―Deberíamos quemar este maldito sitio.

―¿Solo éste?

―No joder, éste y cualquiera parecido. Ya sabes.

―Va, tron. Quemaría todos, pero éste no, que aquí ha grabado un disco Rosendo. Macho, un respeto ―dijo Jorge―. Además, aquí ―apuró una última calada a la chusta del canuto―, ya no hay presos.

―Vamos, no me jodas. Rosendo… Quiero decir… Quemar lo que significa. Lo que representa, ¿Sabes?

―¡Pues por eso mismo tron! Yo la dejaba en pie. El disco es cojonudo, por cierto.

Jorge apretó el paso, tiró la colilla al suelo, y mientras, canturreaba sin ritmo ni acierto: <<Pasa lo que tiene que pasar…>>

Habíamos dejado el coche cerca de la estación de Aluche y fuimos bajando a buen ritmo la avenida de los poblados. A un lado quedaba el sanatorio. Anotamos la cita para una próxima aventura nocturna. Al otro lado de la calle, se alzaba la cárcel, silenciosa y sombría. Un baúl del tesoro esperando a ser abierto. Las torres de vigilancia apuñalaban el cielo negro de la noche cerrada. Los muros y el alambre de espino quedaban iluminados por la triste luna en cuarto menguante y por alguna farola que lanzaba luz anaranjada en rítmicos parpadeos.

Laura nos alcanzó e intentó avivar la conversación. Usó el tono más progre que era capaz de emplear cada vez que nos enzarzábamos en un choque dialéctico:

―Y si quemas todas las cárceles… Imagina que violan a tu hija, ¿Qué pasa con el violador? ¿Dónde lo metes? ¿Qué haces con él?

―Vamos Laurita, no me jodas. No empieces con tus mierdas de jipi ―dije―. Además, tú y yo no vamos a tener hijos ―reí―, no te preocupes por mí ni por nuestra hija.

Laura puso los ojos en blanco y negando con la cabeza me dejó de nuevo por imposible. En el fondo sabía que ella estaba en lo correcto. Eso le bastaba. También sabía que yo le gustaba, y que ese puntito mío, ácido y cruel, la derretía por dentro. Yo llevaba meses derretido, guardando besos que nunca le di en silenciosas e incómodas despedidas.

Estela, que era chiquita, ágil y con dientes de ratón, encontró un agujero en la verja, entre unos matorrales y la pared de ladrillo. Como si hubiera ganado las olimpiadas, nos miró con su cara más graciosa y luciérnagas por ojos.

―¡Por aquí chicos, que ya estamos dentro!

Nos acercamos a la verja, y Estela ya estaba correteando y saltando ansiosa al otro lado. Menuda y enérgica como siempre, meneaba el flequillo corto en una de sus divertidas y alocadas danzas.

―Hostia tú, que por ahí no quepo, que estoy muy gordo ―dije casi avergonzado. Miraba el acceso con recelo y metía tripa buscando compasión en los huidizos y burlones ojos de Laura.

Jorge tiró de un lado de la valla metálica para abrir más el agujero de la verja. Ganamos unos centímetros. Los suficientes para que mis cien kilos entraran. Apachurrados, uno a uno. Crucé al otro lado no sin llevarse de propina algunos rasguños y arañazos en los michelines.

Cuando llevas a cabo una proeza tal, uno espera sentirse como ese tío que llegó a la Antártida por primera vez. Quieres sentirte como un Hillary, o como un Lewis, o un Clark; un pionero que marca territorio y que es adalid de un nuevo mundo. Quieres ser el primero en asestar con una bandera la puñalada mortal en el corazón de la tierra. Pero esta vez no. Los restos de anteriores pioneros y colonos me recibieron estrangulándome por la espalda en una sucia bienvenida. La realidad se destapó con bolsas de McDonald’s, litronas y grafitis ya castigados por la lluvia y el sol. Entendí de golpe que no era único. No era el primero. Ni aquí, ni en la calle. En ningún sitio. Entendí cómo se sintieron quienes vivieron encerrados allí. Nadie especial. Otra decepción más que me regalaba la reciente mayoría de edad. Ahora sí que deberíamos quemar este maldito sitio por hacerme sentir así de mediocre.

Laura y Estela se lanzaron a la oscuridad. Se dejaron devorar por las callejas que dirigían al pabellón central. Se agarraron del brazo y se alejaron dando saltos que alimentaban a la excitación y espantaban al miedo.

Jorge se liaba un canuto tras otro. Entre lamidas al papel de fumar acertó a decir:

―¿Qué se creen estas dos? ¿Los malditos Goonies? Cómo odio esa peli macho. No tenemos ya trece años…

Había liado otro canuto perfecto. Espantaba así sus propios miedos. Para ser un tío que no daba ni palo, siempre tenía hachís. Quería hacerse el valiente y hacer como que no tenía miedo, pero también estaba cagado. Esa misma falsa valentía y arrogancia bien le valieron tres clavos entre la tibia y el peroné años atrás.

Paseábamos ya prácticamente a oscuras. La grava crujía bajo las martens y el aire se hacía denso con cada calada del porro.

―¡Vamos por aquí! ¡Por esta ventana! ―gritó Estela.

Su voz recorrió esquinas y recovecos en la negrura, amplificándose y regresando a nuestros oídos como una voz ya fría y muerta.

―Que yo no quepo por ahí, joder ―dije de nuevo avergonzado, mirando la minúscula ventana―. Entrad vosotras y os espero aquí fuera, tranquis.

―¡A ti lo que te pasa es que te has jiñao! ―se burló Estela―¡Vamos Laura!

Era difícil enfadarse con Estela. Si hay algo que envidiaba de ella no eran sus escasos cincuenta kilos, si no su infinito sentido del humor y su buena disposición a correr aventuras. Una auténtica tarada.

Vi cómo Laura y Estela se colaban ágilmente por la ventana. La alcanzaron trepando por la pirámide de mesas y sillas que anteriores exploradores del misterio dejaron como regalo a sus imitadores. La linterna del Nokia 3310 se hacía insuficiente en la cruel oscuridad de los pasillos. Celdas y taquillas aún con pegatinas de matutano y posters de la interviú. Literas huérfanas sin cuerpos que arrullar y cuentas atrás robadas a la cal de las paredes.

Ayudé a Jorge a subir hacia la ventana y me quedé fuera echando un cigarro. En el silencio de la noche, abrazado por la soledad del tabaco, escuché un suave crepitar. Un crujido tímido y lejano. Quizá el vuelo de una paloma asustada o un ratón de campo. Quizás otros aventureros nocturnos. En el peor de los casos, un yonki vagabundeando en busca de algo que chutarse o una banda de ladrones de chatarra. Mi cerebro se puso en guardia enviando la tensión a los puños.

Escuché un grito. Dentro, al otro lado de la ventana. La piel se me erizó en un escalofrío infinito. El hielo del terror conectó mi cabeza con el frío suelo de tierra. El vello de mi cuerpo intentaba escapar en forma de alfiler. Era Estela.

Sin soltar el cigarro, corrí torpemente para encaramarme en las sillas y alcanzar la ventana. Llegué hasta los estrechos barrotes y la encontré horrorizada, intentando escalar para escapar de algo terrible. No entendía lo que intentaba decirme entre llantos y balbuceos. Gritaba desesperada, presa quizá de algún susto inesperado o de alguna magulladura provocada por la falta de luz.

Sobre la inestable pirámide de muebles, quise agarrar su mano, que se deslizaba ya entre los barrotes de metal. Eché mano a uno de ellos para ganar estabilidad. La física se burló de mí y mi acuciado sobrepeso, que, con un chistoso chirrido, desprendió el barrote de los raquíticos ladrillos. El cemento escupió de sus entrañas el trozo de metal. Me quedé como la sota de bastos, flotando, y con toda la fuerza de la inercia esperándome en el ahora lejano suelo. Caí de espaldas. Sentí los restos de cristal y los ladrillos afilados en la rabadilla. La espalda arañada y la cabeza cercana a la tragedia. Un líquido negruzco empapó el bolsillo trasero del vaquero. La pantalla del Nokia 3310 hecha pedazos.

Vi a Estela muchas otras veces más después de aquella noche, pero nunca volvió a tener su sonrisa. Algo cambió en ella. En todos. Dejó de ser la entrañable tarada con la que no me podía enfadar.

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