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Shsh, shsh, shsh. Raúl Contreras Álvarez

Museo Raul

Ante la cercanía del día de San Valentín, nuestro alumno Raúl Contreras Álvarez es invitado a escribir un relato romántico. Aquí tienen el resultado…

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El frío que hace en este sitio es un tormento; me gusta creer que es la causa de que mis articulaciones perdieran movilidad. Aquí todo luce tan falso que no sé si soy la invención de alguien más o el recuerdo de quien fui. Quizá sólo dejé de ser el que era para transfórmame en otro; en un espécimen simple, sin pasado.

La iluminación escasa, apenas suficiente para que los visitantes no tropiecen entre sí, las paredes simulando ser las de una mazmorra, es mi entorno permanente. Nunca he entendido por qué me mantienen sin compañía en esta sala. He escuchado que es porque soy especial, que porque no hay otro como yo. Mas, siendo sinceros, aunque la vanidad me tiente, no me creo esa explicación.

Reconozco que el aislamiento me ha vuelto cada vez más huraño, más intolerante. No soporto a los que se me acercan, a los que, con sus miradas inquisitivas, se preguntan cómo llegué a estar de esta manera. De no ser porque no he perdido la capacidad de soñar, la locura ya estaría en mí. Los sueños son mi mundo alterno, mis deseos reprimidos, mis anhelos ignorados.

A veces, por las noches, cuando el silencio se hace permanente, sueño que mis piernas obedecen las órdenes que mi cerebro da. Que camino por calles angostas, laberínticas, hasta llegar al atrio de una vieja iglesia. Apunto está de amanecer. El cielo se tiñe de amarillo. El ronroneo de las ráfagas de aire balanceando las copas de los álamos, desordenadamente distribuidos en el atrio, zumba en mis oídos. La incipiente luminosidad del día pone en evidencia el deterioro del lugar; las baldosas desplazadas por las raíces longevas de los álamos lo demuestran. Me sitúo al lado de un pilastrón que alguna vez fue parte de una tumba. Desde ahí, limitado por una débil capa de neblina que se resiste a disiparse, observo. El viento escurridizo se carga de hojarasca, se impacta contra los troncos de los árboles. La soledad me carcome, penetra los poros acartonados de mi piel. Cierro los ojos, volteo la cara al cielo, rezo, pido por mí. «Shsh, shsh, shsh». Escucho que me llaman. Bajo la cabeza. «Shsh, shsh, shsh». Percibo en mi oído el vaho que produce ese sonido. «Shsh, shsh, shsh». Huelo el aliento con aroma a flores de gardenia llegando frente a mí. «¡Shsh!». Siento en mis labios el beso reconfortante de una mujer. Abro los ojos, no sé quién es. Sus pupilas son profundamente negras, negras sus cejas también; tiene la tez pálida, una boca apetecible que me dice: «ven».

No me engaño, este confinamiento exacerba mi dolor. Afortunados son aquellos que han muerto y que nadie los molesta, aquellos a los que el fuego se los ha tragado, los putrefactos que son el alimento de los gusanos. En cambio, yo, remante cadavérico que se exhibe en un museo, que no soy más que un espectáculo que alimenta la necesidad de los morbosos, una promoción de dos boletos por el precio de uno los días jueves, no puedo hacer más que soñar, y temer… que sea eterno el despertar.

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