Creatividad · Escritura · Relato

A su lado. David G. Panadero

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David G. Panadero, fundador de Horno de Letras, también se apunta al reto de Día de San Valentín con un relato romántico…

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¿Que te cuente cómo conocí a tu madre…? Esta sí que es buena… Tardará media hora en llegar. No es que sea un secreto. Bueno, para ella sí lo es. No me gustaría que lo supiera. Nunca se lo he contado, y a estas alturas tendría gracia que fuera precisamente su hijo quien se lo dijera. Mira, tú, hacemos una cosa. Y además no tenemos casi tiempo, que mamá está al caer. En media hora como mucho llegará de pilates… Yo te lo cuento, pero a cambio tú me cuentas algo de ti, cabronazo, que estás aquí a mesa puesta y siempre con cara de póker, ¿eh? ¿Hacemos ese trato?

Verás, conocí a tu madre con la edad que tú tienes ahora. Año 1990, a punto de cumplir los 18. Nos conocimos aprovechando un malentendido que ni ella ni yo quisimos deshacer. Es decir, que nos convino dejarlo pasar porque salíamos ganando; ¡nos teníamos el uno al otro! Te parecerá muy friki todo pero en esos tiempos ni internet, ni móviles, nada de eso. Yo trabajaba de reponedor en un supermercado, de repartidor con la moto, pegando carteles de publicidad, lo que iba pillando. Y a puerta cerrada, porque pasaba tanto de mis padres como pasas tú de nosotros, estaba el heavy. Pero no lo tenía tan fácil como tú ahora. Escuchaba la emisora local, Radio Vallekas, y muchas noches esa locutora, Azucena, pinchaba mis discos favoritos. Así es como conocía la música.

«Él era un chico tímido, era un sujeto muy poco normal, le faltaba la respiración cuando veía a cualquier chica pasar». Así empezaba la canción de Bella Bestia que lo empezó todo. Se llamaba “A su lado”. Aquí donde me ves, un hombre hecho y derecho, fui un adolescente solitario, un tanto imaginativo, y a fuerza de escuchar cada noche a Azucena, esa voz adolescente, esa risa contagiosa, su dicción cheli, sus comentarios espontáneos, ocurrentes, un chiste brotando siempre de los labios, casi tenía la sensación de que estuviera conmigo en mi habitación compartiendo todos esos discos y no en la emisora… La radio acorta distancias, humaniza, y no dejaba de imaginar a la locutora. Guapa, simpática, enrollada… Vaya locurón te está contando tu padre, ¿verdad? Mira que si se entera mamá, igual me pide el divorcio. O peor, me castiga a cocinar y fregar de rodillas y me convierte en pornochacha de por vida. Bien empleado me estaría. Por si acaso tú no te chives, eh…

«Viene deprisa como un huracán. Pisando fuerte, sin miedo. No teme a nadie, a nada. Esta a su lado, sí, a su lado. ¡No está nervioso, ya no tiembla! ¡Fántástico! ¡Todo a su lado!». Chaval, no tenía dinero para comprar todos los discos que quería, así que grababa de la radio mis canciones favoritas. Azucena nos respetaba bastante y no las pisaba con frases ni latiguillos, por eso las pude grabar casi enteras. Escuchaba “A su lado” de Bella Bestia una y otra vez hasta que decidí pisar fuerte y llamar a la emisora. ¡Ella misma descolgó el teléfono a la primera! Era una emisora de barrio, claro, y tampoco debía recibir muchas llamadas. Yo ya tenía a buen recaudo mi grabación de esa canción que se había convertido en mi fetiche pero quise que la pinchara en directo para mí… Cuando me preguntó si se la quería dedicar a alguien le dije que sí, a una chica maravillosa llamada Azucena. Chaval, siempre he sido un pelín torpe, pero creo que se emocionó. Tanto, que se acabó el tema de Leño que estaba sonando y pasó al siguiente sin presentarlo para hablar unos minutos más conmigo. ¡Eso nunca lo había hecho! ¡Colar dos temas seguidos! A lo que vamos: me dijo que solía parar los viernes por el Hebe, que nos sentaríamos en las escaleras del fondo y nos reconoceríamos porque ella llevaría una camiseta de White Lion.

Te preguntarás si me refiero a ese local triste que echó el cierre hace unos meses. Pues sí. Y para tu información, fue solo hace unos meses, porque no siempre estuvo cerrado. De hecho, hubo un tiempo, nene, en que gente de todas partes de Madrid venía hasta aquí los viernes y también los sábados por el ambientazo que tenía. Qué narices, la gente del barrio sacaba algún momento cualquier día de la semana para tomar una cerveza en el Hebe… ¡No te rías, desgraciao! ¡Te recuerdo, si es que sirve para algo, que soy tu padre!

Figúrate, nene, quedaban cuatro días para mi cita con Azucena y aquello fue Secreto de Estado. Primero, porque si se enteran mis padres, me hubieran dicho, para traer churumbeles estás tú, que tienes la cabeza a pájaros. Segundo, si se enteran mis colegas, o bien me hubieran intentado levantar a la moza, o bien se hubieran divertido saboteando la cita. Vamos, que me planté solo en el Hebe, tres cuartos de hora antes de la cita, y a empinar el codo para darme valor.

Llevaba unas semanas sin salir y aquello fue un subidón, la de chicas guapas que había. Como era otoño, todas iban con las cazadoras cerradas, y claro, no era plan de decir, ¿llevas camiseta de White Lion? Me senté en las escaleras del fondo, con un colocón considerable, esperando a Azucena, y por uno de esos azares de la vida, empezó a sonar la canción de Bella Bestia.

«Qué chica, qué sensacional, manera de caminar, se ha plantado delante de él, ¡le ha invitado a bailar!» Dicho y hecho. Vino ella y se puso a bailar frente a mí, tal y como decía la canción. Del pedo que llevaba no me tenía casi en pie. Mucha cerveza bebida muy rápido. Poca costumbre de beber. Muchas emociones en muy poco tiempo. «¿Qué pasa? ¡No entiende! Ayer pasaban… Hoy le quieren ligar». Apenas nos habíamos presentado pero mi amiga y yo nos comunicábamos bailando Bella Bestia. Entramos en calor, se quita la cazadora y no lleva una camiseta de White Lion. Nos presentamos. Me gusta muchísimo. ¡Es la que será tu madre! Y quedan unos minutos para que llegue Azucena…

Mi cabeza se dispara en mil direcciones. Debo pensar algo rápido. Mi interior me dice que ella es muy importante. ¡No la dejes pasar! Me siento peliculero y le digo: Sabes cuál es mi nombre pero no conoces la esencia de mi juego. Vámonos ya mismo a otro bar. Y cuela. «Pero está tan lleno de ella que todo da igual».

Niño, de esto ni palabra a mamá. Le partiríamos el corazón, ¿eh? Que a ninguna mujer le gusta sentirse segundo plato. Y ya sabes, otro día me cuentas algo de ti, ¿eh, cabronazo? Que vives mejor que quieres…

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Este relato se incluirá en la antología Encore Transatlántico, editada por Resonancia, que dirige Pedro Escobar. La antología se llama “Gracias por escuchar” y su temática consiste en grupos de rock escuchados en la radio. Panadero rinde homenaje a los vallekanos Bella Bestia y su canción “A su lado”.

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