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Plato frío. Pedro P. González

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Solicitamos a nuestro alumno Pedro P. González un relato romántico por San Valentín y nos la volvió a colar. Juzguen por sí mismos. Seguro que duermen bien… la noche anterior.

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Se mira las manos. Con esos dedos nunca podría tocarla. No quiere. Están húmedas y llenas de una roña negra que se pega como chapapote. No le gustaría estropearle la piel con los restos de lejía y amoniaco que le abrasan los nudillos. Acaba de desatascar un retrete del aula de profesores. Ha metido la mano en el bote sifónico y la enreda en restos de papel, agua sucia y maíz sin digerir. Siempre pulcros y limpios, muy intelectuales y presuntuosos, educados y finos, pero los profesores atascan los váteres como cualquier piojoso de primer curso.

Ella, universitaria, no tendría ni veintidós años cuando se vieron por primera vez. Él, un bedel entrado ya en una silenciosa y larga cuarentena de salud grisácea. El pelo negro relamido, tan fino que es imposible esconder la calva tras la cortinilla. Tendría que ser un grueso telón de terciopelo para esconder la piel de su cabeza. Delgaducho y enclenque, tanto como sus aspiraciones, frágil como sus sueños de juventud.

Cree conocerla bien. Lleva mucho tiempo observándola. A simple vista cree conocer todos sus secretos y sus pesares. Hace tiempo que ella no suspira por nadie, que no tiene ojos para nadie y que, aunque se encuentra rodeada de gente, siempre está sola. Se ha acercado a ella más de lo debido, con disimulo, pero con poco decoro. Nunca se ha atrevido si quiera a lanzarle un saludo cordial. Se le pasan por la cabeza otras ideas menos inocentes. Se le ha pasado por la cabeza en más de una ocasión cruzar la línea roja de la decencia, pero no, se para en seco, se mira de nuevo las manos y se pregunta: <<¿Cómo ella se iba a fijar en un tipo como yo?>> Es un bedel de sueldo miserable, que le permite al menos cenar caliente tres veces en semana, pizza congelada y algunas sobras de la cantina. Se mira.  Siempre con las manos sucias, con la ropa sucia, con la mente sucia. Siempre sucio.

De cuando en cuando, sus caminos se cruzan, sobre todo en el turno de noche. De día es mucho más difícil encontrarse a solas con ella. Siempre está ocupada con algún profesor o ayudando a sus compañeros. Desde la distancia, él, se apoya en el palo de la fregona y se queda embelesado, mirando su piel blanca de porcelana, con unas venitas muy graciosas en las sienes que apenas cubre la melena castaña. Solo de noche, y muy de cerca, es cuando puede perderse en sus ojos, tan claros que podría verse reflejado en ellos si es que ella le mirara. Iris cristalinos, claros rayos de un Sol lechoso que deslumbra en la oscuridad.

Ella, siempre le devuelve la misma mueca de indiferencia. Nunca cambia el gesto mudo. Es como si él no existiera, como si ella no estuviera allí. Tampoco le dice nada esta vez cuando él roza casualmente un brazo. No tan casual. Su silencio no le incomoda, y la línea roja se traza en su cerebro. Decide dejarlo. Parecen estar separados y perdidos, a años luz, uno del otro, en un tenebroso agujero negro que le recuerda al sumidero de las duchas del gimnasio. A él le duele su perpetua apatía como a ella le duele pasar sola cada noche del resto de su existencia.

Hace días que no la ve, pero hoy toca ronda nocturna. Ha pasado todo el día pensando en qué le gustaría hacer con ella. Está dispuesto a cruzar la línea que lo repele como en un ritual de mal de ojo. Pasear, dormir juntos, besarse, tomar un chocolate caliente o hacer el amor salvajemente sobre la mesa del decano. Se peina lo mejor que puede y se viste elegante pero discreto. Camisa mostaza bajo el jersey. El jersey de lana gris oculto bajo el mono de azul. Ha pensado en llevarle unas flores. Lo ha visto en algunas películas, pero no sabe si a ella le gustan o le parecerá cursi. <<¿Claveles o petunias?, Qué más da>> se dice una y otra vez.

Lleva las manos vacías pero limpias. El mono le aprieta y se deshace de él en cuanto entra en la sala de estudio donde se encuentra ella. La mira con ternura y se muerde el labio suavemente, emocionado y aterrado. Ella no se fija en él, pero tampoco se queja cuando él le coge la mano. El calor y el sudor de sus manos empapa las palmas frías de ella. La temperatura en la sala es bajísima, hace frío y ella lleva allí mucho rato. Demasiado.

La excitación se apodera de él. Sin ser consciente, ha cruzado a ese otro lado, donde algo oculto que ha convivido siempre con él, se esconde del resto del mundo. Sin pudor, recorre su cuerpo ya desnudo. Ambos lo están. Los dedos limpios acarician la piel lechosa, esquivan las imperfecciones del torso y recalan en los huesos marcados de su cadera. El silencio solo se interrumpe por el zumbido blanco de los fluorescentes y el hipnótico chapoteo de una lengua inquieta. Ella no le dice nada, y él, sigue moviendo las manos con insólita soltura aquí y allá. Sortea cicatrices mal cosidas que solo los estudiantes del departamento de anatomía deben repetir una y mil veces. Una costura en forma de “Y” le recorre el pecho hasta el bajo vientre. Clavículas amoratadas y piel acartonada, cuerpo lánguido sobre el que practicar un millón de simulacros de incisión. Él, acaricia con ternura el cuerpo sin vida cuando su orgasmo culmina. Cree ver en ella una sonrisa. Toca la punta de la nariz con su dedo índice, un simpático timbre de juguete. Mira sus ojos blancos y sus labios negruzcos. Los besa una última vez y cierra la puerta de la nevera en la que ella vive desde hace meses. Piensa su nevera. Volverá a comer sobras recalentadas. Lo acaba de hacer. Ha devorado con la intensidad del primer amor el segundo plato de alguien, ya frío, cuajado y solitario.

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