Comienzos · Creatividad · Relato · Trabajos de alumnos

Sándwiches de queso fundido. Pedro P. González

sandwiches de queso fundido.jpg

Propusimos a nuestro alumno Pedro P. González la escritura de un relato policial. Desde un comienzo impactante, frases secas y afiladas, hasta el seguimiento de personales tensos. ¡Las escobas también se disparan!

―El puto Sanders sale de la cafetería, ¿vale? Está Al otro lado de la calle y no sabe que le quedan apenas unos minutos de vida. No es un Starbucks, es una de esas cafeterías cualquiera, qué más da, donde paran taxistas necesitados de café y policías sedientos de un final de fiesta cargado de palos. El caso, es que Sanders lleva una bolsa grasienta, llena de sándwiches de queso fundido y patatas fritas. No son ni las seis y media de la mañana, santo Dios. Demasiado temprano para atascar sus arterias de foca monje. Sostiene la bolsa como un tesoro, ¿vale?, y sonríe imaginando el banquete al cruzar la calle.

―Te escucho T-T, sigue.

―En eso, un Dodge del 95 le pasa rozando las lorzas, la bolsa se le resbala de los dedos, que parecen salchichas, se le cae al suelo, se abre y los sándwiches grasientos se hunden en un charco de agua sucia. Sanders va, e intenta cogerlos, se agacha como puede, refunfuñando y resoplando como una mula vieja. Entonces, un coche, ni si quiera vi la marca, uno negro, apura un semáforo en ámbar.

―Estás empezando a aburrirme Tony-Too, eso no te deja en buena posición ―digo.

―Vale, pues Sanders está intentando salvar los sándwiches, cuando el coche pasa por encima de la bolsa y aplasta todo lo que hay dentro, le mete un buen meneo al charco de agua sucia y empapa la cara y el traje azul con corbata roja de Sanders. Para troncharse, ¿vale?

―¿Me estás diciendo que eso es todo lo que viste? ¿Un gordo sucio y hambriento? No es lo que tengo entendido, Tony-Too. Venga, sé que puedes hacerlo mejor.

―No, joder tío, espera.

―No me llames tío, no nos conocemos tanto. No hemos comido juntos ni nos hemos tirado a la misma mujer. Vamos ¿Qué viste?

―Vale, vale, te capto… macho ―Se la juega y usa otro término amistoso. Parece que ha colado―. Entonces, es cuando Sanders, casi llorando, ¡no me jodas!, un tiarrón así, lloriqueando, desesperado, pasa de los sándwiches, cruza la calle y se sube al coche. Hay otro madero dentro. Uno negro y flaco. No pasan desapercibidos, ¿vale? porque van en un coche patrulla, nada de ir de incógnito ni esas mierdas, y ahí es cuando les fríen a tiros.

―¿Quién?

―Espera macho. Por favor, tengo que hacer memoria.

―No tengo demasiado tiempo, T-T, el poco que tengo no me gusta perderlo y si me sigues tocando las pelotas, a ti tampoco te va a quedar demasiado.

―Vale, vale, macho. Dos tíos, encapuchados. Les estaban esperando. Conocían la rutina del gordo, y les estaban esperando allí, ¿vale? Suéltame ya, por favor.

―¿Los conoces?

―Joder macho, iban encapuchados. ¡Cómo voy a saberlo! No les vi la cara.

―Mira, mierda, como si llevaban una de esas pamelas de Ascot. Tengo entendido que los conoces. Suéltalo o vas a envidiar cómo quedaron esos sándwiches cuando te aplaste la cara. ¿Qué viste?

Tengo agarrado a T-T por la entrepierna, y su cabeza está metida bajo una prensa hidráulica. Me quedan escasos segundos de paciencia para apretar el pedal y dejar que el pistón baje con todas sus toneladas. Al cuerpo de T-T nadie lo va a echar en falta, y, además, me llevaría una bonita careta de piel morena como recuerdo. Me detengo y pienso en que un yonqui como T-T puede saber más de lo que creo a simple vista.

―Vale, macho, Jamal y Marcell. Ellos dos fueron, estoy casi seguro. Pero suéltame ya, joder.

―¿Casi?

―No, vale, tío, estoy seguro. Jamal y Marcell ―la voz de T-T empieza a parecer quebrada.

―Jamal y Marcell, ¿Qué más, mierda? ―digo y aprieto más el puño contra sus pelotas.

―Jamal y Marcell, de los garajes en Raymond Street, en Rancho Domínguez, joder.

―¿Y qué hacen dos hermanos en un barrio de espaldas mojadas? Vamos, no me lo trago T-T. A otro negro con ese cuento.

―Te lo juro, por tu placa, macho. Te lo juro. Fueron ellos.

Por un instante pienso en apretar el pedal y acabar con T-T y su sarta de tonterías. Pero me consuela lo que escucho. Voy a darle otra oportunidad, porque un tipo que tiene la muerte tan cerca, no puede mentir tanto, aunque sea un auténtico yonqui y esté jodido con el mono.

―¿Qué más sabes? Vamos Tony-Too, te estás jugando la cara con un tío al que le importas una mierda. Lo sabes, ¿no?

―Vale, macho, Jamal, ese negro trabaja en los muelles, y Marcell es el de los contactos.

―Eso ya lo sé, pero ¿por qué iban esos dos a matar a dos policías?

―¡Y yo qué sé, macho! Jamal se pasa el día entre Santa Mónica y Venice, recoge los paquetes en el muelle y se los pasa a Marcell. Ese negro se codea con la gente del downtown. ¡Es todo lo que sé, te lo juro!

―Es poco ¿Qué sabes de esos rusos?

―¿Pero qué rusos macho? ¡Vamos, no me jodas más! Ya te he dicho todo lo que sé.

Le he apretado demasiado las tuercas a T-T. Me doy cuenta y relajo los músculos. He conseguido algo, más de lo que necesitaba. Con un par de nombres hubiera empezado a engrasar la maquinaria. Sé además que no sabía nada de esos rusos, pero había que probar suerte. Cuando un hombre tiene la cabeza bajo una prensa hidráulica, puede acordarse de muchas cosas. Con un zarandeo incorporo a T-T. Sonríe porque sabe que se ha salvado de una muerte horrible. Le golpeo con la culata del revolver en la sien. Cae inconsciente como un espantapájaros vacío. Mejor eso que dejarle la cabeza como un sobre vacío de kétchup. Pienso en Sanders. Pobre gordo, ha sido solo un daño colateral. Un hombre de costumbres que han hecho que muriera sin comerse un último sándwich de queso fundido. No iban a por él, iban a por el negro flaco, Warren Williams.

 

                                                                       ****

Prefiero no asomar el hocico por Rancho Domínguez. No me interesa lo que hay allí, no voy a encontrar nada, quizá un balazo al girar una de esas casas a medio construir, con techos lastimeros de uralita y chapa. Realmente no es tan malo como lo pintan, cuando ya has estado en Faluya todo te parece un maldito cinco estrellas, media pensión con desayuno de plomo. En el rancho, además, un tío con mi aspecto no pasa desapercibido por allí, y prefiero no jugar a la ruleta rusa por ahora. Apostaré directamente al negro. En los muelles de Venice llevaba tiempo cociéndose algo. Todos lo sabíamos y a nadie le importaba. A Jamal y a Warren, claro que les importaba. A mí, me importaba también, aunque ahora, después de hablar con T-T, un poco menos.

No me cuesta sacar algo de información a los indigentes y trabajadores del muelle; lejos de las norias, las zonas de recreo, las luces de neón y las familias que van de veraneo, la gente ve más de lo que dice ver. Todo tal y como esperaba. El amigo Benjamin Franklin hace milagros, y sus dos ceros son las gafas con las que puedo empezar a ver el mundo con otro color, el blanco del polvo pegado al verde. En esta época del año, el sol calienta el agua estancada, y el olor a pescado podrido es más asqueroso que el negocio que se pueden traer entre manos unos pandilleros de poca monta, un policía corrupto y algún pez gordo con contactos en Rusia.

―Déjame intentarlo ―dice Scott.

―¿El qué?

―Esclarecer este caso.

―Adelante muchacho, no perdemos nada ―le contesto con desdén y un cigarro a punto de encender entre los labios.

Scott Fritzgerald es un agente joven, ha visto poco mundo, aunque sus credenciales y su hoja de servicios digan lo contrario. Sus ojillos azules y tristes evocan noches en vela estudiando casos que no le asignaron. Es ágil y tiene chispa, no me desagrada tenerle como compañero. Aunque aún le queda mucho por aprender, a veces tiene buenas ideas, por eso le han asignado conmigo, un perro viejo con malas pulgas con mucho que enseñar.

―De acuerdo. Warren manejaba la entrada de cocaína en el muelle y se la daba a Jamal, su contacto en la calle. Después, en Rancho Domínguez, preparaban las dosis, y Marcell las llevaba a los peces gordos, los que se rodean ahora con los rusos.

―Ajá… sigue ―le digo al muchacho con un gesto de cabeza.

―En uno de esos intercambios, Warren, le da gato por liebre a Jamal y le deja en evidencia frente a los rusos. Con un buen cabreo, le siguen durante unos días, y ven que Sanders hace siempre la misma rutina. Aprovechan el descuido y los matan, a los dos, para que no se vea relación directa entre Warren, Sanders y Rancho Domínguez.

―Interesante. Chico listo Scotty. Pero, un simple ajuste de cuentas, qué típico, ¿no? ―digo mientras dejo escapar el aire―. ¿Y dónde están ahora Jamal y Marcell?

―Esperaba encontrar la respuesta en los muelles. Pero imagino que están atrincherados en alguna casa del Rancho, esperando como ratas.

―Están muertos ―sentencio―. Como Warren y Sanders, pero es mejor que no digas nada ―doy una última y larga calada al cigarro.

Sujeto la colilla entre dos dedos y la lanzo al agua del muelle. Una gaviota que busca entre la basura alza el vuelo. La colilla se apaga en el agua sucia con un ligero bufido, como un flotador que se desinfla poco a poco. Scott Fritzgerald tiene todavía mucho que aprender, y sin darse cuenta ha entrado en algo que va más allá del cuerpo de policía.

―¿Cómo lo sabes? ¿Cómo sabes que están muertos?

―Porque ellos no mataron a Warren ni al gordo Sanders. Un yonqui, testigo del tiroteo, me dijo que no pudo identificar a los que dispararon, pero me aseguró que Jamal y Marcell, sí que estaban muertos. Se le soltó rápido la lengua por un par de dosis. No es más que un despojo, pero es de fiar.

Scott no termina de atar los cabos sueltos. Se le ve en la cara, cómo la duda se le pega como una toalla empapada. No estaba muy lejos, iba bien encaminado, pero le faltaba una pieza por encajar. ¿Por qué había dejado con vida T-T en lugar de cargarme otro muerto más al hombro? Cuando un hombre te da su palabra bajo una prensa hidráulica, hay que creerle, y si dice que no te ha visto allí, es que no te ha visto. Scott será mi nuevo Jamal en los muelles, ya que yo llevaba ya un tiempo siendo el nuevo Marcell en el downtown. Ahora que los sándwiches de queso fundido están empapados en sangre y los dos sospechosos desaparecidos, es momento de empezar a hacer dinero de verdad.

Leave a Reply