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Diario de un carcelero. José Manuel Montalbán Aloras

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José Manuel Montalbán Aloras es nuestro nuevo alumno en Horno de Letras, y se presenta con esta suerte de monólogo interior, en el que juega de forma divertida con el lector. ¡Bienvenido, José Manuel!

Como todos los días del año lo veo caminando por los senderos de la vida, buscando… El viento, la lluvia, el sol, depende la climatología, lo saludan con sorna y van marcando en su piel las huellas del paso del tiempo. Un jovenzano (sólo tiene cincuenta y siete años) de mediana estatura; muy dejado en su aspecto físico; flaco, con poco lustre en la cara reflejo de una tristeza que te incita a llorar o reír, depende como tengas el día; estreñido en sus formas y andares; su vestimenta, por calificarla de algún modo, parece sacada de una novela esperpéntica de don Ramón del Valle-Inclán. Lo “más agradable” de su aspecto son los cuatro pelos que aún se dejan ver en su lustrosa y morena techumbre, como espigas de trigo desgranándose por la sequía y la falta de tempero. Ojos tristes, bien cubiertos en las lindes por pestañas esbeltas y largas, protegidos a su vez,  estas dos proezas de la naturaleza, por amplios matorrales negros y peludos como las cejas de un hombre lobo. Para terminar la descripción muy sucinta de este caballero (“siento, no continuar… ¡mi vocabulario no da para más!), diré que nos encontramos ante un “quinqueño” bien presentado, con cabeza ancha, cola corta y esmirriada (¡la edad no perdona, amigos!), y cornamenta dirigida hacia arriba, para que comprendan: “lo ves y se te ponen de corbata”. Sólo le pido al respetable que no le exijan bravura al salir por la puerta de toriles y dar las primeras vueltas al ruedo. El ganadero ha manifestado que es el más noble de la camada y podrán comprobar que es cierto: antes de pasar por delante del torero, pide permiso, y luego finiquita dándole las gracias.

EL CARCELERO, como defino yo a este personaje, es un pobre y desesperado sujeto que guarda bajo llave a tres condenados mortecinos por su situación y que suponen, a mi entender, lo más preciado del ser humano: ”SENTIMIENTOS, CORAZÓN Y ALMA”;  sin ellos considérate muerto. Ustedes, como me ocurrió a mí en su día, se preguntarán el por qué  se construyó  esta cárcel de máxima seguridad. YO, conozco un poco a este devoto del miedo y su apesadumbrada vida, y les puedo decir que era un hombre inteligente, fuerte de alma (lo que se propusiese lo conseguía, o por lo menos luchaba hasta el final por lograrlo), generoso de corazón con los demás (¡si necesitabas algo, lo que fuese, y estaba en su mano poder ayudarte…, podías contar con él, ahí estaba!). Sus actos y sus verdaderos amigos así lo atestiguan. Siempre gustaba dejar caer una cita, aunque desconocía su autor: ”Encontrar verdaderos amigos es difícil, separarte de ellos es muy duro, pero olvidarlos… es imposible”.                                                                                               

Amigos lectores (espero no les moleste esta pequeña licencia de afecto y familiaridad que me tomo con ustedes…, y si les molesta, lo lamento…,” el que se pica, ajos come”), estas líneas suponen un trasvase de sentimientos escondidos en la ciénaga más profunda de José Manuel, que así se llama nuestro carcelero. Para sacarlos a la luz, hemos pasado José Manuel y quien les narra, muchas horas alrededor de una mesa, con un paquete de tabaco, un cenicero, un litro de agua y dos vasos, y lo más imprescindible: hojas en blanco y deseos de contar y dejar salir los sentimientos más profundos.

Este relato, para que nos quede un poco más completo, lo finalizaré con un Epílogo que consiste en las enseñanzas, que tras una mesa, hemos ido sacando José Manuel y YO, su interior más profundo: Ahí que perderse entre la gente, recorrer todas las  calles de mi ciudad y sus suburbios, viajar todo que nos sea posible por España y el mundo, pero lo fundamental es conocerse a uno mismo, cada día un poco más. Ya lo decía don Juan Ramón Jiménez: ”¡No corras, vete despacio, que a donde tienes que llegar es a ti mismo ”!Pero sobre todo tenemos que reír (y de uno mismo sin desenfreno), día a día… Charles Chaplin decía: ”Un día sin reír es un día perdido”.

SU AMIGO: EL LIBERADO

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