Creatividad · Escritura · Trabajos de alumnos

Verano en Yakarta. Pedro P. González

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Solicitamos a nuestro alumno Pedro P. González que plasmase una situación límite: las sensaciones físicas, la adrenalina, la elasticidad del tiempo, las gotas de sudor en la frente, la visión nublada… Y este es su brillante resultado.

Le cuesta más tragarse la saliva que echarle los cojones necesarios. Antes no le costaba tanto, pero Deaglan Cullen se está haciendo viejo. Se ponga como se ponga, tiene que echarle pelotas, que la boca esté seca es solo la otra parte del trato. El resto de cláusulas las cubre el sueldo a final de mes. Escucha al niño llorar al otro lado de la puerta. No es su hijo, pero podría serlo. No le gustan los niños, es más, odia a cualquier mocoso que no sea su hijo. No soporta que lloren o griten en el restaurante. No se lo aguanta ni al pequeño Jack. Siempre es peor en un avión, donde no hay escapatoria, en uno de esos que son poco más que un autobús con alas, donde las rodillas se quedan con forma de acordeón incrustadas en el asiento delantero. La mano derecha abraza el gatillo de la Glock. En un suave vals, desliza la otra mano y empuña la pistola con las dos manos. Apoya el hombro contra la pared, prepara la cobertura, anunciando un giro rápido. Mira al resto de sus compañeros, apostados en el pasillo, a cada lado de la puerta. No son más de cuatro. Fuera hay un puñado más de los buenos. En cuanto entremos, los chicos se unirán a la fiesta. Algunos tragan saliva sin problema, han visto de todo, a otros, solo de bobos, se les podría derramar la baba por las comisuras. Escuchan al niño gemir. También hay una voz profunda y grave, embutida entre las paredes, hace que suene sorda, como debajo del agua. Hace demasiado calor. Al final del pasillo, por la ventana, se ve una palmera solitaria. Nadie en el bloque les espera. Hay quizá alguna mirilla curiosa, algún ojo pegado a una puerta pensando si ser espectador de primera fila o si delatarles con grito que alerte a la comunidad. El sudor como mercurio se pega a la piel. Los ojos bien abiertos y los dientes apretados. Dos de los chicos lanzan hacia atrás el ariete, cargando de inercia salvaje la barra de metal negro macizo. El tiempo se detiene, las hojas de la palmera se mecen con una brisa suave.  Al otro lado un niño llora. El impacto. La puerta se descuelga de las bisagras que se abren como una lata de conservas. Arrastra con ella el marco, como si unas manos invisibles quisieran soltarse de la pared del pasillo. ¿Cuántos niños y niñas tendrán ahí dentro esos cabrones? El papel pintado, el yeso y el ladrillo junto a la madera aglomerada y barata. Se levanta la polvareda y se elevan los gritos. Es la señal para que el resto de chicos entren. Se descuelgan del techo, rapelando las paredes, dando pequeños saltos, como en las películas viejas de Batman. Las botas rompen los cristales de las ventanas y desatan una ventisca de vidrio. La tormenta de cristal rasga la piel y abre heridas en los pequeños cuerpos. Empujones y gritos. Mierda. Solo hay dos críos. Hermanos. Vestidos. El grupo de asalto se lanza a golpear a la chica joven de cuerpo escuálido. La madre. El agente Cullen se da cuenta de lo que sucede e intenta detener a Johnson y McGree. Han volcado ya la mesa, donde estaba el desayuno que uno de los niños no quería comer. Todo por el suelo, la leche, unos cereales de marca blanca. A los vasos de zumo se les han ido todas las vitaminas. Los cuencos rotos y los cristales por el suelo, en astillas microscópicas, que se clavan en las suelas de goma. Las lágrimas eran por un maldito puré de pescado a primera mañana. ¿A quién se le ocurre? No le estaban abriendo el culo a ningún niño para subirlo a internet. El tipo en bata con cara de degenerado que llevan siguiendo semanas no está en ese piso. Alguien ha gestionado mal la información. Los muchachos están desbaratando el piso, arrancando muebles y buscando ordenadores, servidores, llenos de pornografía que vender a suizos y alemanes que vienen hasta aquí buscando experiencias nuevas. Joder. Esta cagada será sonada. Se recordará durante años. Cullen intenta poner calma, apaciguar los ánimos de unos tipos de pueblo que se les ha pasado el arroz para ser héroes. La situación se ha ido de las manos cuando el crujido de un cráneo retumba contra la encimera de la cocina. Los niños lloran mientras su madre convulsiona en el suelo. La sangre se arremolina en un charco que parece mermelada caducada. Como equipo, Deaglan y los suyos sí que están ya pasados de fecha. El agente Cullen se lleva las manos a la cabeza. En la televisión, sonando sorda, como debajo del agua, un comentarista deportivo con voz profunda anuncia los resultados de la última jornada.

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