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Ya no me invade aquel miedo. Sergi Cambrils

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Invitamos a nuestro nuevo alumno Sergi Cambrils a practicar el monólogo interior. El ejercicio consiste en romper las ataduras de la lógica y expresarse a la manera de los expresionistas, de dentro afuera. Este es su elocuente resultado

Estoy echado en el sofá. Llevo leídas veinte páginas de la novela. Es buena, pero no aguantaré mucho más. Siento cómo me vence el sueño. No acabaré ni el siguiente párrafo. En efecto. Ahí van dos cabezadas. Mi cuello pierde la rigidez y parece de trapo. Me gusta la historia que estoy leyendo. Es original. Trata de un hombre que ejerce su demencia por la calle, a grito pelado, entonando una melodía, como si cantara ópera. Una vida cantada molaría. Me identifico con el personaje, me engancha su locura, pero me pesan tanto los párpados. Qué curioso es dormirse; uno se abandona, se anula, flota en la quietud de la mente. Puedo escuchar el sonido que hace mi cuerpo. Suena a bufido, al silbido que proyectan los torpes que no saben silbar. Lo siento como un zumbido que vibra en mis entrañas, como un aire flojo que circula por el interior de una tubería. Igual son flatulencias, un aire que se escapa o un viento frío que huele a invierno. ¿Sonaré así cuando se asome la muerte? Mi cuerpo se relaja y me lleva hacia un estado de serenidad, de silencio. Qué bien me encuentro. Qué paz. Se nota que vivo ilusionado, sin grandes expectativas. Al fin he vencido a los monstruos. Ya no me invade aquel miedo.

Voy a cerrar los ojos. Solo un momento. Luego sigo con el libro. No hay ninguna prisa por leer. Leo como ahora me hablo: lentamente y consciente de que mi voz pasa por cada palabra. Me recreo en la musicalidad de cada sílaba, sin importar lo que digo. ¿Qué digo? Tonterías. No sé. Da igual. No tiene importancia. Las palabras se mueven de izquierda a derecha como un péndulo. O de arriba abajo. Qué más da. Me embadurno mentalmente de amarillo primario, mezclado con un poco de blanco. Todo se vuelve pálido, frágil, y siento el peso de este libro en mi pecho. Me gusta su historia. Es una criatura con alas de papel que descansa, porque yo también lo hago. Tenemos sincronizados los latidos, casi son imperceptibles. Pum-pum, pum-pum.

Hoy tengo tiempo. Soy libre. Es sábado, creo. Me arrellano en el sofá, me deslizo. Hago un estiramiento. Solo uno. Es el mejor ejercicio que puede hacer mi cuerpo; el cuerpo humano. Sin chándal, claro. Este tipo de estiramiento se hace en calzoncillos o en pelota picada, y con una mantita encima. Yo voy desnudo. Siempre. Soy libre. Así, cuando me aburro de no hacer nada, me toco el órgano, este miembro que tengo sin musculatura, flácido, que se espabila enseguida si debe improvisar un concierto. Los fines de semana me gusta hacer manualidades con mi cuerpo. ¿A quién no? ¿Hoy es sábado o domingo? Será domingo. Ruge el león de la Metro Goldwyn Mayer. Empieza la película. Madre mía, qué malas son todas las que emiten por la tarde en fin de semana. Sin embargo son las mejores para coger el sueño. Pobre león, su rugido salvaje no le hace justicia. Yo de él me iría a un bosque o a la sabana africana.

¿Estaba leyendo o viendo la tele? Ahora tengo dudas. ¿Mis ojos? Cerrados. Sí, los dos. No veo nada. Los he cerrado hace diez minutos, pero la luz de la lámpara es tan potente que, aunque no vea nada, siento que la oscuridad hace brillos. Las sombras no son tan negras. También hay luz en lo más hondo de un túnel. Al menos eso dicen. Una metralleta. ¡Ra-ta-ta-ta-ta-ta… El equipo A! Venga va, estate quieto, deja de hacer tonterías que estás en algo profundo.

Mira, una puerta. Voy a entrar. No estoy satisfecho con mis sueños. Últimamente no son lo suficientemente oníricos y no me aportan el nivel de fantasía que deseo. Si la atravieso me esforzaré en diseñar uno bueno, de calidad. Primero dejaré que los personajes que aparezcan lo hagan con libertad, sin impedimentos ni censuras, pero con la particularidad de que su cabeza sea un balón de rugby, sí, un óvalo de cuero; sin ojos, ni nariz, ni boca, ni orejas, y que no tengan pelo. Poco a poco iré dotándolos de semblante, de expresión. En cuanto a los animales, los de cuatro patas que aparezcan, serán dóciles, y sus bostezos deberán transmitir una clase magistral de canto. Siempre he querido tener un perro que se arranque por bulerías. Los paisajes serán utópicos, con preciosas ciudades envolventes donde siempre parezca que vaya a suceder algo importante. Y yo tendré la capacidad de ser feliz y fundirme en el entorno, igual que una mantis religiosa o un camaleón.

Qué hago. Qué pienso. Qué gilipollas. De esta manera no voy a soñar nada en condiciones. No debería esforzarme en construir mis sueños. Debo sacudirme al demonio que me habla. Me confunde. ¡Fuera, sal de mí, maligno! Deja que mi subconsciente se Invente lo que quiera. Que fluya lo fantástico, lo imaginativo. No seas cabrón, Lucifer. Déjame en paz. Sal de mí, mentecato del infierno.

Mi cuerpo se ha ido deformando desde que duermo en el sofá. Lo sé. Soy una metáfora cutre del ser humano. Pero ya no odio. No me despierto de repente por las noches. Estoy sano por dentro.

Voy a llamar a la puerta a pesar de mi apariencia grotesca. ¡Ding-dong! ¡Ding-dong! Quiero ilusionarme con mi sombra si entro en un lugar de tinieblas. ¡Ding-dong! ¡Ding-dong! Tardan en abrir. Aquí no hay nadie. Claro, no son horas. Es tarde. Las nubes no son brumas vaporosas, ni existe un fulgor que trascienda. ¡Ding-dong! ¡Ding-dong!. No veo una luz que atraviese esta bóveda de ensueño. Vaya sueño de mierda. ¿Quién llama insistentemente? Yo no. Por Dios, quién es. ¡Ding-dong! ¡Ding-dong! Aquí no se puede estar. ¿Dónde está el timbre? ¡Ding-dong! ¡Ding-dong! ¿Por qué suena? ¿Quién lo hace sonar? Es un eco estridente y repetitivo que golpea mi cabeza. Viene de fuera. ¿Será una realidad simultánea? ¡Ding-dong! ¡Ding-dong! No abriré. Ya se cansarán. Yo a lo mío. No quiero que se interrumpa mi devaneo. Pero, joder, va disipándose de mi cabeza. El timbre de los cojones no para. ¡Ding-dong! ¡Ding-dong!

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