Creatividad · Escritura · Trabajos de alumnos

Maestro Pepe. Raúl Contreras Álvarez

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Solicitamos a nuestro alumno Raúl Contreras Álvarez que plasmase una situación límite: sensaciones físicas intensas, tiempo abolido, gotas de sudor perlando la frente, dedos en el gatillo… Este es su acertado trabajo.

Para los cuatro miembros de la célula del EZLN ya no había paso atrás. Luchar, sobrevivir o fallecer, era lo único que les quedaba por delante. La incipiente luz amarillenta del alumbrado público, condensada por la niebla de los primeros minutos del año, los hacía parecer, al ocultar su rostro con un pasamontañas color negro, ratas esquivas desplazándose por las calles de San Cristóbal de las Casas. La orden que debían cumplir consistía en llegar a la presidencia municipal, tomarla, de ser necesario, a sangre y fuego; así lo estableció la comandancia durante la última reunión sostenida con las bases al interior de la selva.

―¡Llegó el momento de convertirnos en hombres libres, de derrocar al gobierno, de que el pueblo vengue los agravios que le han hecho. La justicia no se mendiga, se arrebata con las armas! ―arengó, antes de entrar a la ciudad, el conocido entre los guerrilleros como Maestro Pepe, a los tres subordinados que, junto con él, conformaban uno, de los dos grupos, que constituían la vanguardia del Ejército Zapatista.

El paso acelerado, sostenido durante varias cuadras, ocasionó que, la tensión arterial aumentada de Maestro Pepe, desatara un zumbido al interior de sus oídos. Era de esperarse, más de cinco meses sin administrarse, a causa de su inexistencia en el campamento, el medicamento para contralar su hipertensión, tenía que cobrarle factura. En el instante menos esperado su cuerpo le estaba jugando una mala pasada. Un dolor agudo de cabeza lo atontó. Percibió cómo, todas las carencias sufridas durante décadas, producto de su elección de vivir en la clandestinidad, lo atacaban afectando su eficacia en la contienda. Pero no estaba dispuesto a replegarse, a ser vencido por una cosa tan banal como lo era su organismo.

Antes de cruzar la calle, que los situaría bajo los portales de la presidencia municipal, el grupo  encabezado por Maestro Pepe hizo un alto. Maestro Pepe miró a los ojos a cada uno de sus subalternos. Recordó cuando los conoció, cuando, los tres, apenas eran unos niños. No logró esquivar el sentimiento de amor paternal que tenía hacia ellos. Él los había enseñado a leer y a escribir, a entender a Marx y a Lenin, a ser expertos en la guerra de guerrillas. También había su padrino, llevándolos a un burdel, durante su iniciación a la vida sexual. «¿Aún tendrá Ambrosio las bragas de aquella prostituta?», se preguntó, todavía riéndose de la noche en que este, el más joven del grupo, después de terminar su primer acto carnal, le robó la prenda interior a la suripanta, guardándola a manera de trofeo.

El ruido de una ráfaga de fuego, proveniente el otro lado del portal, extrajo a Maestro Pepe de sus pensamientos. El otro grupo, que conformaba la vanguardia, se había adelantado a la hora convenida para iniciar el ataque. La respuesta de los elementos policiacos, que custodiaban el palacio municipal, no se hizo esperar. Desde la azotea del edifico dos francotiradores comenzaron a disparar. Aunque, al día siguiente, las autoridades informaron a la prensa lo contrario, ya tenían conocimiento sobre el levantamiento armado; los estaba esperando.

¡Zuuuummm! ¡Zuuuummm! ¡Zuuuummm!

Los francotiradores mantenían el ataque.

De repente, los ojos de los tres jóvenes, se ampliaron expresando conmoción. Maestro Pepe reconoció la emoción que los ojos de los muchachos transmitían, pero no entendió la causa, hasta que el olor a tela quemada penetró en su nariz. Uno de los proyectiles, percutido por los francotiradores, había penetrado su pasamontañas, a un lado del lóbulo de su oreja izquierda.

Encolerizado, levantando su fusil de asalto con la mano derecha, Maestro Pepe gritó:

―¡Hasta la victoria siempre!

Maestro Pepe estaba consciente de la masacre que se avecinaba.

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