Creatividad · Escritura · Trabajos de alumnos

Vuelta a la rutina diaria. José Manuel Montalbán Aloras

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Solicitamos a nuestro alumno José Manuel Montalbán Aloras un ejercicio de observación. El asunto es que recurra a la realidad como escuela. La rutina diaria, esas personas que se encuentra en el transporte público pueden, y de hecho dan pie a una narración…

Cuatro de marzo del 2019. Siete de la mañana. Ya toca el despertador con su estruendo matutino que tanto aborrezco. Me levanto y corriendo al baño, para que mi mujer e hijos no me quiten la primera plaza de aseo matinal. Enciendo la luz y primera faena, como todo buen “cristiano”, mear para vaciar y quedarme tranquilo a nivel prostático. Abro el grifo del agua caliente, me mojo la cara, me doy crema, y me afeito con maquinilla manual porque la eléctrica me irrita la piel (¡tengo el cutis muy fino!). Finalizada la primera fase, me encierro en la ducha y procedo a despertarme para sobrevivir un nuevo día. Me lavo los dientes, me pongo desodorante en las axilas y mi loción de after shave por el rostro. Una vez despejado, me cojo mis utensilios para comenzar el cambio de la bolsa del estoma (me operaron de cáncer de colon, pero tranquilos que todo va bien), y finalizo el proceso de limpieza cogiendo mi bolsita de “caca” y depositándola en el cubo de la basura sin que me vean mis hijos, porque les da un poquito de asco.

Una vez guapo, directo a la cocina a tomar mi café con unas pastas; seguidamente, las tres pastillas para la epilepsia (“sí, también soy adicto a esta enfermedad, la colecciono desde los veinte años, pero aún me faltan varios cromos”). Finalizado el protocolo mañanero, me visto, agarro mi cazadora marrón y a la calle antes que la manada vaya tomando sus posiciones en la vivienda.

Llamo al ascensor desde el quinto; en la planta calle saco un paquete de cigarrillos y al salir por la puerta principal enciendo el primero de la mañana.

Ocho y media de la mañana. Hace buen día en Zaragoza. Tendremos unos 10 grados. Parece que la primavera está cerca.

—Hacia donde echamos el cuerpo, compañero —Me pregunto.

—Nos podríamos bajar a la Feria del Libro Antiguo, a ver si encontramos algo que nos agrade —Me respondo.

—¡Buena idea, chaval! ¡Si no fuera por ti, no sé qué haría!

Me coloco mi pequeña mochila y cruzo la calle dirigiéndome a la parada del tranvía, en el Paseo Los Olvidados, situada en el barrio de Valdespartera. Informan por megafonía que hay retrasos. Ya me extrañaba que hubiese tanto personal con cara de no pedirles un favor, si quieres recibir un exabrupto mañanero. Transcurridos diez minutos, hace su presencia el tranvía. Cómo no tenía prisa, dejo pasar al personal, entrando con una cara de mala leche que no puedo describir con palabras. Tienen toda la razón del mundo para estar cabreados. Al final penetro en el tranvía como puedo, empujando y pisando a todo el que se pone por delante. No paso, como la gran mayoría de personas, mi tarjeta de usuario por la máquina de fichar el viaje.

¡No hay derecho a estar esperando más de media hora en la parada! —Dice una joven.

—¡Tiene usted razón, esto es vergonzoso! —Contesto con toda mi jeta—. ¿Quién nos paga a nosotros el tiempo perdido? Yo llego tarde al trabajo y no creo que me vayan a dar un justificante.

—¡Estoy de acuerdo! Yo trabajo en los juzgados y tengo que recuperar toda esta tardanza —Manifiesta la joven.

Me quedo observándola, como un veinteañero. ¡Es preciosa! Melena larga que le llega hasta la cintura con una trenza en medio que me daban deseos de acercarme para cogerla, olerla, y disfrutar con los ojos cerrados de su suavidad; la cara no tiene nada que envidiar al rostro Cleopatra (que se daba baños con leche de burra, creo), con unos ojos verdes como esmeraldas, maquillados, pero sin exageración; unos labios un poco humedecidos y con carmín rojo, que los miraba como un idiota enamorado, deseando que me empujase cualquier viajero para rozarlos y sentir un beso involuntario pero digno de ser sentido; la camisa blanca, de tela muy fina, con tres botones desabrochados en su escote, dan pie a que mis ojos visualicen un mundo fantástico; sus vaqueros ajustados moldean unas caderas y unas piernas dignas de una reina; y todo el conjunto lleva a mis ojos (incluidas mis lentes, que se habían desajustado de tanto subirlas y bajarlas por mi nariz, para no perder detalle), a nublarse, y perder mi “esbelta figura” durante unos segundos la verticalidad. La gentil sirena se percata de mi leve indisposición, levantándome suavemente con sus brazos, y yo como un idiota, agarrándome con mis sudadas manos, en sus caderas y después en sus hombros, sin perder detalle en mi lento ascenso (suponiendo como una subida a un puerto de categoría especial en el Tour de Francia).

—¿Qué le sucede caballero? ¿No se encuentra usted bien?

—Gracias joven, muy amable. Un pequeño mareo por la belleza (de su persona), perdón, quería decir por el bochorno que tenemos que soportar en el vagón —Contesto con cara de agobio, pero habiendo disfrutado como un enano.

—Espere que saco el abanico para hacerle un poco de aire.

—No se preocupe ya me encuentro mucho mejor. Gracias por su amabilidad. Es usted encantadora…

Nueve y media A.M. La chica baja en su parada. Yo, con cara de “pasmau”, la sigo mirando, y le digo adiós con lágrimas en el corazón.

El caballero que se encuentra a mi lado me comunica que tenemos que apearnos del tranvía, porque es la última parada. Le dejo pasar y yo, volviendo a la realidad, le sigo y miro a mi alrededor. ¡Dónde me encuentro! ¡Yo iba a la Plaza Aragón, a la feria del libro antiguo! Bueno tranquilo, has tenido un viaje muy agradable, que no cambiarías por nada del mundo y no tienes prisa. Cruzo por el paso de cebra, y diviso cómo el tranvía llega a la parada. Me subo despacio, recordando el bonito viaje que me había proporcionado una estrella del firmamento. La vida consiste en disfrutar de esos instantes hermosos.

Diez de la mañana. Bajo en Plaza Aragón. Empiezo a mirar en las diferentes casetas, si hay algún libro que me la llame la atención. Lo primero es lo primero: novela negra e histórica. No encuentro nada de interés. Súbitamente, levanto mis ojos y veo un libro sobre la Orden Militar de los Cátaros; me acerco a ojearlo y me encanta el desarrollo de los distintos capítulos. Lo compro y me comprometo a bajar otro día, para ojear las casetas más detenidamente y mantener interesantes charlas con los distintos libreros… Se aprende mucho de ellos.

Cojo nuevamente el tranvía, y a casa. ¡Vuelta a la rutina diaria!

Dos de la tarde. Bajo del tranvía y me voy a mi domicilio, donde me estará esperando mi mejor amigo: mi perro Zeus.

CONTINUARÁ…

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