Creatividad · Escritura · Trabajos de alumnos

El aguijón de la avispa. Pedro P. González

aguijon avispa

Propusimos a nuestro alumno Pedro P. González la escritura de un relato de terror, con especial atención a la atmósfera, apelando a la inteligencia del lector por encima de los golpes de efecto. Este es su brillantemente oscuro resultado.

La mano seca echa alpiste a la piel de gallina. Mi cuerpo se ha quedado frío. El lado izquierdo de la cama ya no guarda el calor que me arropó durante la noche. Es un océano oscuro, de sábanas húmedas y sudadas en remolinos helados. Hace solo unos minutos que miro la oscuridad, hacia la nada, de pie ante la ventana rellena de azabache y estrellas. Ella está sola bajo la colcha. Sigue durmiendo. Es temprano, o tarde, depende de para quién. Este turno me está matando. La mano al hombro para masajear las contracturas. No concilio el sueño desde hace semanas, y solo duermo a pequeñas cabezadas, a eternos saltos al vacío que duran un segundo pero que aterran una vida entera. Las tres y media. Esta hora no se la merece nadie. Recoger cadáveres en las cunetas tampoco. Alguien tiene que hacerlo. Perros, liebres y urracas. Desintegrados en asfalto como alfombras de pelo y tripas. Constelaciones de moscas que vuelan a mi boca y hervideros de gusanos blancos. Detén la camioneta, bájate, y con una pala, o con las propias manos desnudas, recoge los restos. Ojos vidriosos e hinchados en cuencas marchitas. Echa la piel y los huesos en la parte trasera. Arranca de nuevo el furgón de la muerte. Llévate tu triunfo en el carro de heno lejos de aquí. Alguien tiene que hacerlo.

La seguridad del hogar la trae este silencio tranquilo. Todos nos sentimos seguros así. Miro al horizonte tras el cristal. Prisión de sombra densa de donde no escapa la luz. Ante el agujero negro, la cama se convierte en lugar de refugio. Bajo las sábanas nadie puede hacernos daño. Ella sigue durmiendo en nuestro santuario, el sitio más tranquilo pero más vulnerable de toda la galaxia. Delego la responsabilidad a un cerrojo y a una pequeña cadena que atrinchera la puerta de la calle. Dormidos, desamparados y desprotegidos. Dos únicos giros de llave que mantienen a ralla cualquier sombra que quiera estrangularnos mientras dormimos. En cualquier momento, sin enterarnos. Nunca.

Desde el otro lado, se desliza, entre ronquidos y suspiros inconscientes, una mano que acaricia cada noche mi barbilla. Podría apretar mi garganta hasta hacer de mi hioides polvo de talco. Paso la mano por el cuello y siento que sigue ahí. El huesecillo navega solitario bajo la mandíbula. Ahí está, naufraga en mi propio Triángulo de las Bermudas, bajo los músculos que mantienen la lengua en vilo. Sigue intacto. Se espesa la saliva y se hace más dura la despedida del hogar. Cualquier movimiento en falso podría fracturarlo. Acaricio los centímetros de piel que nos separan. Un crujido, asfixia provocada por astillas de hueso en la tráquea. Cualquier noche, de esas en las que conduzco casi dormido, puedo acabar con el volante de la camioneta incrustado en la garganta.

Mi mano aprieta un pomo que no quiere girar. La puerta tiembla, repiquetea contra el marco. Se estremece, casi líquida. Un flan de madera. La cadenita tintinea sobre la madera hueca, basto alimento para las termitas. Las escucho roer la mezcla de cedro y aglomerado. Están en mi cuello, en mi piel, en todas partes. Ella sigue dormida, indefensa y plácida, ajena al mundo que gira en la noche a más de mil kilómetros por hora. Una solitaria flor bajo las sábanas que espera el beso de la abeja en lugar del aguijón de avispa.

La mirilla arroja un mundo desolador en forma de ojo de pez. No voy a salir al abismo. Recorro el pasillo torpemente y vuelvo a la cama. Me tumbo junto a ella en el lecho de hielo. Acaricio su cuello amoratado. Está dormida, pero no está caliente. Hace horas que no lo está, como un pez fuera del agua en lenta agonía. Hace días que ni siquiera duerme. Mi garganta echa en falta ese huesecillo travieso. La suya también. Me abrazo a ella bajo el iglú de sábanas húmedas. Esperamos dormidos a que la camioneta vieja venga a recoger nuestros cuerpos en descomposición.

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