Escritura · Relato · Trabajos de alumnos

Nono. Sergi Cambrils

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Solicitamos a nuestro alumno Sergi Cambrils que recurriese a la realidad como escuela. De su aguda observación y su creatividad nace este relato.

En mi pueblo hay un señor que se alimenta del sol. Lo hace las mañanas radiantes, durante el mediodía, de doce a tres. Se ayuda de un bastón para caminar unos metros, los que van de su casa hasta el banco más próximo. Se tambalea de lado a lado como un animal pesado, herido, y se deja caer en ese asiento de madera bañado por la cálida luz del día. Estira las piernas, las cruza, y se queda en esa posición durante tres horas; ni un minuto más ni uno menos. Su aspecto activa mi curiosidad. Diría que está jubilado o que, por alguna circunstancia del pasado, nunca ha trabajado. Es corpulento, de cabello cano, y sus labios farfullan, se mueven trémulos y dibujan una sonrisa inquietante, turbadora. En su casa me lo imagino fumando puros y bebiendo cazalla. Seguro que no perdona ninguna comida, su barriga es abultada, está desbordada. Va embutido en un grueso abrigo de color azul, con capucha, abrochado hasta el cuello. Se protege los ojos con unas gafas de sol y da la impresión de que se esconde tras ellas. No me fío. Sin embargo, en su conjunto, parece inofensivo, una esfinge humana que solo encierra misterios.

Lo primero que pienso es que este señor tiene frío, mucho frío. Pero, ¿cómo puede tenerlo estos días radiantes, tan estupendos? Hace calor, de verdad. Treinta grados por lo menos. Es muy osado por su parte vestir de la manera que lo hace. ¿Habrá alguna cámara que lo grabe? ¿Será para algún programa de entretenimiento? Llevo observándolo –cómo no hacerlo–, y la única conclusión a la que llego es que parece un hombre solitario, melancólico, con alguna tara interna; un buen espécimen sobre el que divagar.  El cuerpo señala las cosas, es sabio, no puede haber malentendidos. Aunque puede haber descompensaciones como esta. Por ejemplo que yo vaya en manga corta y este señor vaya tapado hasta el cuello. Me gustaría acercarme a él y decirle, con todo el cariño del mundo, que está haciendo el ridículo.

Nada de eso. Quién soy yo para dar lecciones. Prefiero entender su conducta como un acto de libertad, como una lucha interna, como una excentricidad que lo hace mejor. Cuando se vive en soledad puede que los días más calurosos sean los más fríos, y viceversa. No quiero juzgar a nadie. Quiero pensar que la circunstancia individual que nos determina puede despegarnos, muchas veces, de la conciencia. Ojala tuviera acceso a su mente, a las complejidades de su vida, a las ideas encerradas y profundas que están en él.

Este señor, al que a partir de ahora voy a llamar Nono, no parece fingir nada. Es así, tal como se muestra. No da la impresión de tener prisa ni de tener grandes expectativas en la vida. Solo las básicas; las que el cuerpo demanda: comer, dormir, mear, defecar y algunas otras de esa índole. No parece un hombre de multitudes, ni de grupos, ni de amigos, ni de pareja. Es él y su soledad. Yo diría que estuvo casado o con alguien pero lleva demasiado tiempo viviendo solo, y carece de la gracia para conseguir un interlocutor en un bar y volcar sobre él una conversación. Le da pereza relacionarse. Es más de suspirar en silencio.

La disposición de Nono es extraña, circunspecta, profunda. Está ahí sentado, sin apenas moverse. Sin embargo, aunque yo sea joven y no entienda muchas cosas, su conducta atiende a lo que verdaderamente es importante. Comprendo que, a medida que uno va haciéndose mayor, en lo sencillo y lo cercano se alberga mucha más belleza y verdad que en lo que nos venden como prosperidad. Aun así, a Nono no lo visualizo gritando un gol, ni enfadándose por algo, ni emocionándose ante algo humanitario, ni riendo las gracias a alguien, ni llorando, ni siquiera dando los buenos días. Creo que no quiere ni busca compañía. Solo le interesa estar donde está. El sol. La quietud. Notar el calor.

En casa seguirá siendo él. Lo intuyo honesto. Abatido. Triste. Él mismo. Nunca otro. No sabe fingir. Se ve mayor. Una ruina. Se repantigará en el sofá, y, en lugar de perderse en el cielo barrido o el leve movimiento del paisaje como lo hace cada mañana en su banco, encenderá el televisor para ver lo que espera ver. No es feliz. Sin embargo no lo veo atormentándose por nonadas. Es el señor Nono, por favor. Mi querido personaje. Un tipo que va demasiado abrigado cuando no toca. Un superviviente que no intenta evolucionar, ni prosperar, ni tener todo lo que nos dicen que debemos tener. Ni siquiera el amor. El amor es un sentimiento tan excesivo… Solo quiere la calma y sentir el calor. ¿Qué puede esperar de la vida? La única verdad. La muerte.

Le he cogido cariño. Apetece abrazarle. Y, aunque, por ahora, siempre está ahí, en su banco, sus tres horas, ni un minuto más ni uno menos, me gustaría pensar que cuando le llegue lo inminente, si realmente está solo y la pena y el frío le impiden moverse, ponga la calefacción de su casa a la máxima potencia, que caldee su hogar, su alma, y que una temperatura amable derrita la escarcha enquistada de su cuerpo.

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