Escritura · Trabajos de alumnos

Martín Toscano. Raúl Contreras Álvarez

Martín Toscano meme.jpg

Solicitamos a nuestro ex alumno Raúl Contreras Álvarez la escritura de un relato de terror. La idea consiste en apelar a la inteligencia del lector y buscar la atmósfera por encima de los golpes de efecto.

A Rafael Álvarez nunca le temblaron los adentros, hasta el día en que conoció a Martín Toscano. Antes de eso, indomable, recorría los senderos desgajados de la sierra conocida como la del Tigre.

 Lo bautizaron Rafael porque, en su andar, un simple ángel de la guarda le habría resultado insuficiente. Él necesitaba de un arcángel grandote, del mismo tamaño del Cristo que exigió le diera uno de los sacerdotes custodios de la Virgen de Zapopan, cuando, tras su fatídico encuentro, acudió a ella en busca de sosiego.

 No fueron pocas las ocasiones en que la bruma de lo irremediable se le apareció en el camino. La sangre y el olor a pólvora quemada lo acompañaron tatuados en la sien. «Más de cuatro dedos de frente es señal de hombre malo», le señaló un gringo pendenciero, al que se contuvo de responder, cuando, al momento de ser fumigado para poder pasar a trabajar al otro lado de la frontera como bracero, este le colocó la palma de la mano por arriba de las cejas; como si el inicio de la línea del cabello determinara las acciones.

 Ser bragado y aferrado es una combinación capaz de acabar con cualquiera. Para él no, creció con ello, lo soportó hasta que la vida, ya anciano, lo abandonó en la cama de un hospital. «Rafael, le doy gracias a Dios que te fuiste de padecimiento natural», dijo, durante su sepelio, su hermana Cuca, a la que pronto también se llevó la muerte.

 Rafael tenía semanas que no subía al pueblo. Se la pasaba en su rancho observando cómo la represa se desbordaba de agua, ordeñando las vacas, limpiando la pistola, evitando el contacto con los demás porque, casi siempre, derivaba en tragedias.    

 Terminadas las labores cotidianas, justo al colocarse el Sol verticalmente sobre su cabeza, Rafael decidió ir al pueblo a visitar a su hermana y a su madre. Ellas vivían en la parte alta del poblado, sitio en que el viento, después de un largo trayecto entre pinos, rebota por estrechas callejuelas tapizadas de piedras laja, sonando al igual que lo hace un chiflido.

 La vereda que llevaba del rancho al pueblo simulaba proyectarse al infinito. En cada recoveco, al bajar y subir cañadas, montado sobre su caballo, con el sombrero ligeramente ladeado, vistiendo el gabán que le servía para ocultar el arma de la que no se separaba, el crujir de la tierra anunciaba la presencia de aquel al que la ley jamás tocó, al que varios preferían no encontrarse, a pesar de llevar sembrada en el corazón la larva de la venganza.

 —¡Hijo, qué bueno que viniste! —exclamó la madre de Rafael en cuanto lo vio llegar. Pasaba de las cinco de la tarde.

 —¿Cómo ha estado, mamá? —preguntó Rafael a su madre mostrando afecto.

 —Bien, pero…

 —¡Ándele, cuéntele! —interrumpió Cuca, alterada de los nervios, mientras se acercaba a saludar a su hermano.

 Con la mirada apabullada y la lengua seca, dijo la mamá de Rafael:

 —Desde hace varias noches, por ahí de la madrugada, Martín Toscano llega en su caballo, se para afuera de la casa, hace relinchar y patalear al animal como si quisiera destruir el mundo. Tengo miedo de que tumbe la puerta y se meta a la casa.

 —Madre, no me diga que cree en apariciones —dijo Rafael—. Martín Toscano no existe. Ha de ser alguien que sabe que están solas, que las quiere asustar. No se preocupe, hoy me quedo a dormir en el pasillo de la entrada. Ya verá que ese charro vestido de negro no se presenta.

 El resto de la tarde transcurrió sin contratiempos. Sentados, en torno a una mesa de madera, al lado del fogón que mantenía caliente la cocina, Rafael y su familia estuvieron platicando por largo tiempo, hasta mucho después de finalizar la cena, cuando los bostezos anunciaron la hora del descanso.

 Rafael se acostó en la banca de cemento que, ubicada en uno de los costados del pasillo, por detrás de la puerta que daba acceso a la vivienda, servía para sentar a las visitas. Dormitando, con un dedo en el gatillo, acariciaba la pistola. En pocas ocasiones conseguía alcanzar la profundidad del sueño, el instinto de conservación lo obligaba a mantenerse alerta. Ya bien entrada la noche, sintiendo el frío insertándosele en los huesos, deseó estar en la comodidad del interior de una de los cuartos. En eso, proveniente de la calle, escuchó el sonido que resulta al chocar el metal contra las piedras.

 Desde el cielo, apelmazado de nubes negras, retumbaron truenos, se desató un aguacero. Rafael claramente distinguió el relincho de un caballo, la bestia bailoteaba en la banqueta. Poniéndose en pie esgrimió la pistola, se colocó detrás de la puerta, destrabó el cerrojo, con la mano izquierda abrió una de sus hojas. Enfurecido, gritó:

 —¡Si eres hombre enfréntate!  ¡Te voy a matar!

 En medio de la tormenta, encandilado por las luces de los relámpagos y sacudido por ráfagas de viento, Rafael no logró observar silueta animal o humana alguna; aun así, a manera de advertencia, accionó el arma vaciando el cargador de su pistola. «Ya ven, no era nada», les dijo a su madre y a su hermana, cuando, tras escuchar los disparos, salieron a la calle para ver qué había ocurrido.

 De regreso, en el rancho, las semanas se sucedieron lentas, humedecidas por lluvias vespertinas, con amaneceres matizados con la blancura de los hongos que, al sentir el calor del sol, emergían de la tierra. Esa noche Rafael estaba cansado. Desde antes de la salida del Sol y hasta entrada la tarde había estado trabajando en la labor, retirando la maleza, abonando la milpa, desasiéndose de los ratas que de ella se alimentaban

 Acudió al remanso de la cama, como de costumbre, cargando la pistola. Apagó la luz de la vela que lo alumbraba, cerró los ojos con la intención de dormir. Los primeros minutos los pasó acosado por la intranquilidad que solía acuchillarlo, batallando con las imágenes violentas que la vida le había mostrado. Después, extrañamente, como tumbado por un somnífero, durmió profundamente.

 En el exterior de la finca el silencio era absoluto. Parecía que la naturaleza había decidido congelarse. Las hojas de los árboles, apenas sostenidas de sus ramas, permanecían quietas. El pulso de los animales se había detenido. Desplazándose por el suelo, una bocanada verde, procedente colina abajo, se introdujo en la finca deslizándose hasta donde dormía Rafael. Un fuerte hedor a azufre saturó la habitación.

 A un metro de distancia del final de la cama, al lado de la única ventana que tenía la pieza, la escalera de madera, que ascendía penetrando el tapanco que servía de bodega a Rafael, crujió.

 —¡Despierta! Están subiendo por la escalera —alertó, al oído de Rafael, una voz.

 Desesperado, sin conseguirlo, Rafael trató de levantar su pistola; las manos no le respondieron. La figura erguida y desafiante, de un charro elegantemente vestido con un traje negro con botonadura en plata, parado a mitad de la escalera, lo mantenía inmóvil.

 —¡¿Qué quieres?! —preguntó exaltado Rafael.

 No recibió respuesta.

 —¡¿Qué quieres?! —insistió.

 El charro, enmudecido, retaba a Rafael. Este, incapaz de tener control sobre su cuerpo, se reconoció indefenso.

 Los segundos se fueron encimando. Sabor a fruta amarga se depositó en el estómago de Rafael. La idea de ya estar muerto, de encontrarse en las inmediaciones del infierno, pasó por su cabeza. Sorpresivamente, un sonido similar al que producen los leños cuando la fuerza los fractura, terminó con el silencio. Atónito vio cómo el cuello del charro, alargándose, onduló hasta colocar su cara frente a la de él. El bigote ancho en el centro y puntiagudo en las orillas, la sonrisa macabra, amarillenta por las fundas de oro que cubrían sus dientes, correspondían a la imagen que la gente decía tenía Martín Toscano.  La frente se le humedeció de sudor. Los ojos color lava de Toscano penetraron los suyos calcinándolo por dentro. Rafael tembló.

 El alba despuntó bañando los prados con su luz. La noche había terminado. Rafael salió de la cama, se vistió con lentitud. Evitando el desayuno se dirigió a la caballeriza. Ahí, concienzudamente, amarró las espuelas a sus huaraches. Dio de comer y de beber a su caballo. Acariciándolo le colocó la silla de montar. De una alcayata, empotrada en la pared, descolgó una soga. Subió a la bestia, ató la soga a su cintura y a la silla de montar. Sin llevar consigo más cosa de valor que su pistola, cabalgó alejándose de la propiedad.

 Tras varias horas de camino, Rafael alcanzó el final de la sierra. Se sintió a salvo. Pero, tras cruzarle un soplo de aire polvoriento por la cara, el caballo se detuvo. Rafael lo picó con las espuelas sin conseguir que avanzara. Percibió que los músculos del animal se ponían tensos, que no respondía al mandato de la rienda. «¡Tienes que cuidarte, Rafael!», exclamó la misma voz que la noche anterior le había avisado sobre la presencia de Toscano. Con la fusta golpeó al equino en los cuartos traseros. El animal no respondió. Lo azotó, hasta sacarle la sangre, sin conseguir que se moviera. Agitado y sudoroso Rafael bajó sus brazos. Inesperadamente, sin dar señal de aviso, el caballo reparó y relinchó con estridencia. Rafael perdió el equilibrio. La soga a la que estaba amarrado lo mantuvo sobre la silla de montar. Al igual que un mono de trapo se sacudía arriba del caballo. Con dificultad consiguió aferrase a la cabeza del fuste de la montura. Tomó la rienda y contuvo al animal. «¡Tienes que cuidarte, Rafael!», repitió la voz. Rafael giró la cabeza hacia atrás tratando de descubrir la procedencia de la voz. Mas, a lo lejos, vigilándolo desde un risco, ataviado con su traje de charro en color negro, fue a Martín Toscano a quien encontró.

Leave a Reply