Creatividad · Escritura · Trabajos de alumnos

El salón de los abuelos. Sergi Cambrils

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Solicitamos a nuestro alumno Sergi Cambrils que presentase con energía y decisión a sus personajes. Un entorno nostálgico, un salón de recreativos. Aquí está su brillante resultado.

El viernes por la tarde es el mejor momento de la semana: salón recreativo, chucherías y algún que otro pitillo. Yo todavía no fumo, me cuesta mucho. No entiendo cómo les puede gustar a mis colegas. Hace un tiempo, por probar, me fumé un puro. Mi padre los acumula de las bodas en una bonita caja de madera. No me gusta que el aire huela distinto. Seré raro. La cuestión es que cogí uno y subí al terrazo de mi casa para fumar a escondidas. Le quité el envoltorio de plástico y me puse en el dedo esa especie de anilla de papel que se adapta al contorno del habano. Me sentí adulto, importante. Le di un par de caladas y fue más que suficiente. Al tragarme el humo experimenté un roce suave y abrasador en mi garganta; me quede quieto, contemplando el cielo, las nubes, los pájaros… Luego cerré los ojos y sentí un vaivén ondulante, una flojera. Tuve que tumbarme en el suelo con las piernas en alto, apoyadas sobre uno de los muros que dividía la azotea para que me llegara la sangre a la cabeza. Todavía no me ha crecido el pelo en la cara y apenas en los sobacos. Será que aún no es mi momento. Con la cerveza me pasa lo mismo, la noto muy amarga y me produce arcadas. Prefiero comer gusanitos y barritas de espuma blanca recubiertas de chocolate: tanzanitos. Qué buenos; la mejor chuchería del mundo. Son cilíndricos y tienen la misma apariencia que los puros. Fantaseo con ellos. Los sujeto en mis labios como un gánster y hago que fumo.

Tenemos la costumbre de llamar a los recreativos el salón de los abuelos (de tanto nombrarlo se ha quedado en salón de los guelos, o directamente los guelos) por estar regentado por un anciano lelo y una anciana a la que llamamos alimaña. Ella es la típica vieja enlutada, un cuervo de la noche, una fiera corrupia que da miedo. Él es un tontainas, un quiero y no puedo al que tomamos el pelo. Se dedica a invadir nuestro espacio aéreo pegándose a nosotros, ya que siempre está pendiente de que no hagamos pillerías con las máquinas. Sabemos mil y un trucos para sumar partidas. Suponemos que son matrimonio.

A veces, cuando parece que todo está tranquilo, gritamos todos a la vez: ¡viva los novios! Qué risa. Se ponen de los nervios. Ella farfulla palabras siseantes e ininteligibles bajo esa especie de velo negro que la cubre. Fuera de aquí me la imagino andando con un tacataca y echando pulsos salvajes con otras bichas de su misma calaña. El abuelo, su presunto esposo, a veces se quita la correa para asustarnos. No tiene peligro. Se mueve lento y arrastrando los pies, con los bolsillos llenos de monedas de cinco duros. La alimaña permanece sentada en una vieja silla plegable cerca de donde tienen los refrescos y las chucherías, dispuesta a llamar a la policía y a clavar su mirada siniestra a los jóvenes que pedimos cambio para las máquinas

Me gusta ir a los guelos porque alguna vez aparece Simona. Es tan guapa. En clase es aplicada y responsable: la típica empollona. Pero cuando viene con las amigas al salón de guelos se convierte en otra. Podría pasarme horas viéndola jugar al futbolín o a su máquina preferida, la de las bolas que explotan. Su sonrisa es permanente, pícara, y los ojos le hacen palmas. Me gusta cuando se recoge el cabello en una coleta y deja despejada su cara. Hacemos competiciones. Alguna vez he sido su pareja de futbolín. Se hace por sorteo. Ojalá fuera mi novia. Me moriría si se enterará de lo que siento por ella. Es del Real Madrid. Siempre elige jugadores blancos. Yo soy del Barça, pero si de verdad fuéramos pareja no me importaría cambiar de equipo por ella. Qué más da el fútbol. Parecemos borregos. Además, tiene un juego de muñeca increíble; mete goles con gracia y los celebra eufórica, gritando y chinchando a los contrarios con peinetas y cortes de manga. En más de una ocasión, cuando la exaltación la supera, me ha cogido por detrás y me ha levantado dos palmos del suelo. Se le va la pinza, pero de esa manera tan auténtica he podido notar sus pechos aplastados en mi espalda, y luego, modosita, me ha susurrado al oído: David, pipiolo, esto es el abrazo del oso. La quiero. Cómo no hacerlo. Solo tiene un fallo; que fuma.

Acudir a los guelos es como intentar convivir con los amigos en una casa okupa. Una locura. Si por un casual mi vida se torciera y me quedara solo, sin pareja, o sin ningún familiar cercano, estoy seguro de que podría quedarme en casa de mi amigo Genaro. Él lo aceptaría sin dudarlo. Si se casara, a su esposa ni se lo consultaría. Estoy seguro. Siempre decimos que las novias se encuentran en la calle, por lo que nuestra relación de amigos siempre estará a un nivel superior; eso es incuestionable. Genaro y yo siempre seremos amigos del alma.

El viernes, después de ducharme y arreglarme, voy al salón de los guelos con la esperanza de encontrarme a Simona. Genaro es adicto a las máquinas Arcade, vive ahí. Tendríais que verlo. Es corpulento, desaliñado, y se sienta en la punta del taburete, cogido al joystick y golpeando histérico los botones de su máquina predilecta. Está enganchado a Double Dragon, un juego de pelea por niveles. Pasa un montón de horas obcecado en superar pantallas, pero, curiosamente, no despilfarra el dinero; con una moneda de veinticinco pesetas puede estar toda la tarde. Lo llamamos el hombrepuñetazo-patada por ser la acción predominante del personaje que maneja. Mueve con tanto ímpetu las manos y los brazos, que su camiseta ceñida descubre el inicio de su trasero: una ranura oscura que me hace pensar en lo funesto de la vida y en una posible decadencia; qué será de nosotros dentro de unos años. Mi imaginación juguetona me proyecta tras él, introduciéndole una moneda invisible en esa basta abertura, accionándole un brazo hacia abajo, como en las máquinas tragaperras, por ver si me da juego, avances, una cascada de monedas de oro o un porvenir halagüeño.

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