Escritura · Trabajos de alumnos

Medina. Raúl Contreras Álvarez

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Solicitamos a nuestro ex alumno Raúl Contreras Álvarez la escritura de un relato policial. Personajes a punto de ebullición, tensión narrativa, conflicto servido… La estupenda ambientación mexicana corre de su cuenta.

Medina era un cabrón que no nació para ser pobre, un perro sin escrúpulos. Y aunque era un expolicía federal venido a menos, que trabajaba, como yo, en el Dirección de Seguridad Pública Municipal, siempre fue superior al resto de nosotros.

La juventud, a Medina, se le había ido hacía bastante tiempo, pero, a base de ejercicio y una alimentación equilibrada, se mantenía atlético. El metro con noventa centímetros que tenía de estatura, al vestir el uniforme, lo hacía lucir intimidante. Su pericia en el manejo de rifles y pistolas, y su habilidad en las confrontaciones cuerpo a cuerpo, lo posicionaron como el elemento idóneo para ser la escolta personal del director de la corporación.

―Yo no sé por qué te gusta salir a patrullar, en vez de descansar, cuando no estás de servicio ―le dije a Medina la primera vez en que, durante en uno de sus días no laborables, se subió a mi patrulla acompañándome en la ronda que tenía asignada.

―Porque no me ajusta con lo que gano, Chuyito ―me respondió con tono burlón.

El director de la corporación tenía muy consentido a Medina, lo dejaba hacer lo que se le antojara, siempre y cuando le entregara el setenta por ciento de las cantidades que este lograba recaudar. Mas, como Medina era amante de los lujos, el treinta por ciento que quedaba para él, le era insuficiente.

―Chuyito, hoy te voy a acompañar a patrullar, no te vayas a ir sin mí ―me dijo Medina la mañana en que ocurrió el suceso.

―¿Otra vez andas corto de dinero? ―le pregunté para fastidiarlo.

―Sí ―respondió―. Pero no te hagas ilusiones. De lo que consiga no te va a tocar ni para un refresco ―dijo con sarcasmo.

El día transcurría lento. Era uno de esos en los que a la gente le da por portarse bien, en los que, pescar a alguien en flagrancia, es muy complicado.

―Creo que hoy te vas a ir en blanco ―le dije a Medina cucándolo, mientras, a las afueras de una gasolinera, esperábamos se apareciera la víctima que este tanto anhelaba.

―Te equivocas, Chuyito. Mira, ese carro Jetta color rojo que va pasando, es en el que se mueven los narcos del nuevo cartel que quieren adueñarse de la plaza ―dijo saboreando el dinero que les quitaría―. Síguelos.

Al agarrar la radio, para informar a la Oficina Base de la corporación, que íbamos en persecución de unos sospechosos, y así, en caso de  que necesitáramos refuerzos, el director estuviera enterado de nuestra situación, Medina me la arrebató de las manos poniéndola fuera de mi alcance. Sacó, de su cartera, un papel pequeño con forma de sobre y una credencial. Con una de las esquinas de la credencial extrajo del sobre un montoncito de polvo blanco, lo pegó a una de sus fosas nasales y aspiró con fuerza. Me dijo:

―Hoy las ganancias no las pienso compartir con nadie.

No habían pasado ni tres minutos cuando nos acercamos al Jetta rojo. La carretera estaba sola, como si estuviera de acuerdo con el plan que Medina había forjado en su cabeza.

―Nos vamos a ir detrás del Jetta hasta el próximo crucero. Ahí enciendes la sirena y suenas el claxon para que se salgan del camino. Ya vi, solo son dos, el piloto y el copiloto, los ocupantes del vehículo. Cuando ya estén parados a la orilla del camino,  tú y yo vamos a bajar de la patrulla al mismo tiempo.  Desde la parte trasera del Jetta te vas a quedar apuntando tu AR-15 al copiloto del carro; yo, con mi Desert Eagle, teniendo como blanco al conducto, voy a colocarme al lado de la ventanilla del copiloto. Si ves cualquier movimiento sospechoso disparas ―decretó Medina.

En cuanto arribamos al crucero prendí la sirena y soné el claxon de la patrulla. El Jetta no hizo por detenerse.

―Acércateles ―dijo Medina―. Vuelve a sonar el claxon y diles, por la bocina, que se paren. Si no obedecen voy a disparar al aire para que vean que esto va enserio.

—¡Esta es una orden policial, paren el vehículo! ―exigí por la bocina a los ocupantes del Jetta después de sonar el claxon de la patrulla.

Poco a poco, el Jetta rojo disminuyó su velocidad, hasta quedar estacionado a la orilla de la camino.

Medina y yo bajamos cautelosamente de la patrulla. Me establecí en la posición que él me había indicado. Sin dejar de apuntar con su pistola al conductor del Jetta, Medina se colocó al lado de la ventanilla del copiloto.

―Buenas tardes, señores ―dijo Medina, casi gritando, a los ocupantes del vehículo―. No tienen nada de qué preocuparse. Esto es una inspección de rutina. Bájense del auto ―les ordenó.

Los ocupantes del Jetta permanecieron inmóviles, con la vista al frente. Luego, vi que Medina movía los labios. Deduje que mantenía una conversación.

―¡A mí no me vengan con esas pendejadas! ¡Aquí mando yo, y si quieren trabajar tienen que pagarme una cuota! ―gritó Medina.

De nuevo, la conversación entre Medina y los ocupantes del Jetta, bajó de volumen.

Medina movía los labios con rapidez. Me percaté que comenzaba a desesperarse, que empuñaba con más fuerza su pistola. Pensé que era el efecto de la cocaína el que lo tenía alterado. Pero yo no estaba seguro de nada, pues, como intencionalmente no me permitía escuchar la totalidad de lo que les decía a los del Jetta, para que no me enterara de la cantidad de dinero que les quitaría, sólo me quedaba imaginar el contenido de la plática.

—¡Ya les dije, hijos de su puta madre, que aquí se hace lo que yo quiero! ―exclamó Medina apretando aún más la cacha de su pistola.

Las cosas no estaban saliendo de la manera en la que Medina estaba acostumbrado. Habían pasado más de siete minutos desde que bajamos de la patrulla y no había conseguido nada. Inesperadamente, faltando al plan que él había establecido, pegó el cañón de su Five-seven en la sien del copiloto.

Todo ocurrió en segundos. Al observar que el copiloto, a pesar de tener el cañón de la pistola de Medina en la sien, intentó girar la cabeza, no dudé en dispararle acertando en la parte posterior de su cráneo, ensuciando con sesos y sangre el vidrio frontal del auto. Después vi que Medina caía herido a un costado del Jetta, que convulsionaba en el suelo. De inmediato accioné mi AR15 contra el conductor acercándomele por el lado del copiloto. No sé cuántos, de los diecinueve proyectiles que le quedaban al cargador, le perforaron el cuerpo. De lo que no me cabe duda es que, al llegar a donde estaba ya muerto Medina, y observar al interior del auto, me di cuenta de lo que había dejado irreconocible. Al asomarme por la ventanilla del copiloto, que estaba completamente abierta, descubrí que, el conductor, aún tenía en la mano la pistola, una Five-seven, con la que había dado fin, destrozándole el cuello, a Medina. Encontré que, en el asiento trasero transportaban los paquetes de droga que andaban vendiendo, y que en las piernas del copiloto había un fajo gordo de dinero. Mi percepción había sido errónea, Medina había conseguido sobornar a los del Jetta. Me había precipitado al disparar.

Sin pensármelo tomé el fajo de billetes. Lo guardé en la bolsa interior de la camisa de mi uniforme. Regresé al interior de la patrulla, prendí la radio de comunicación.

―¡Patrulla cero cuatro llamando a la Base! ¡Patrulla cero cuatro llamando a la Base! ―dije por la radio.

―Aquí Base. Cambio.

―¡Código rojo. Oficial caído!

―¡¿Ubicación?!

―¡Carretera doce, tres kilómetros adelante del cruce con la carretera veintiséis! ―respondí.

Debo decir que no sentí algún remordimiento tras el fallecimiento de Medina. Tampoco me preocupó que pudiera ser castigado por no haber seguido, junto con él, los protocolos de acción establecidos por la corporación. Lo único que me causó cierto temor fue la posibilidad de que se iniciara una investigación en la que se me inculpara por su muerte. Pero, en caso de que eso ocurriera, yo sí estaba dispuesto a entregar el setenta por ciento de las ganancias.

 

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